La placa dedicada a Luis Cernuda
La placa dedicada a Luis Cernuda reabre el viejo desencuentro entre Sevilla y uno de sus mayores poetas al reproducir errores que desfiguran su identidad.
En la novela Uno, ninguno, cien mil de Luigi Pirandello, el protagonista empieza por descubrir que, para su mujer, ni siquiera físicamente es tal como él se imagina, hasta que llega finalmente a la conclusión de que cada uno de los que le rodean lo ve de distinta manera, de que es tantas personas como miradas se posan en él, de que no es nadie en sí mismo, sino algo que continuamente se crea y se rehace desde fuera. Y ahí está Cernuda siendo reconstruido según qué miradas y qué desconocimiento; un poeta con la pena y la aflicción del que extraña su cuna y habla de ella con pesar que son muestra de amor sincero. No hay mayor dolor que el que nace de la decepción. Sin halagos vacíos, sin épica impostada, el sentimiento crudo y desengañado de quien quiere amar y no le dejan. Porque nadie ama más a su tierra que quien entrega su vida a cuidar la voz del pueblo, que es la lengua. Y va el ayuntamiento hispalense y decide ponerle una placa en el paseo de los poetas de la calle Tetuán. Y se la pone subvirtiendo la ortografía y con el segundo apellido en la versión castellanizada (Bidón) del Bidou originario francés con el que Cernuda siempre se identificó. Con Bidou está rotulada la lápida de su tumba mexicana. Deshuesar la lengua que tanto amó y rotularle la versión del apellido que nunca quiso es, incluso en la muerte, ahondar en la herida de amor del poeta marcada por el provincianismo, la incomprensión social y el conservadurismo local que ahogaban su sensibilidad.
Ser español supuso para el poeta un oneroso esfuerzo que le hacía escribir:
Soy español sin ganas
Que vive como puede bien lejos de su tierra
Sin pesar ni nostalgia. He aprendido
El oficio de hombre duramente.
Jaime de Biedma, por su parte, se lamentaba de que la historia de España era la peor de todas las historias porque acaba mal. Quizá todo ello es consecuencia de que España no ha llegado a existir nunca y sí grandes españoles, hombres y mujeres, clamando en el desierto, aislados y solos, como Borges dijo de los cordobeses Séneca y Lucano: que antes del español escribieron toda la literatura española. Desde Felipe II hasta nuestros días no ha habido en nuestro país, salvo paréntesis históricos dramáticamente liquidados, un Estado nacional, sino un Estado ideológico y, por ello, excluyente en el que gran parte de los ciudadanos han tenido que sobrevivir arropándose en la inautenticidad, desde los judíos conversos o los mudéjares hasta los antipatria de la verborrea insoportable de los años del caudillaje.
“Algún día yo seré aquello que amo” es un verso definitorio de la peripecia vital de Luis Cernuda como el daguerrotipo de una existencia marcada por la desolación moral y psicológica. Porque no hay drama personal más profundo que una patria, una sociedad que niega todo cuanto somos. Y no solo niega sino que criminaliza nuestro ser en su totalidad. Es un desgarro emocional, intelectual y humano que supone vivir bajo el celaje de aquella España de la posguerra minoritaria, cerril, truculenta, estamental y excluyente que reacciona con irracional violencia a todo cuanto se oponga a ella. Es esa España pequeña que vive de la resignación de la mayoría, generadora en los más de “la vida como un naufragio constante” según Ortega o de la que nos advertía el poeta César Vallejo al afirmar: “Cuídate, España, de tu propia España.”
Factores que se sustanciaban en Cernuda en la configuración de un trágico destino o de un temperamento difícil, siempre asomado a las crisis históricas españolas, y que fue matizándose por su amor, su complicada pasión por una patria a la que nunca dejó de referirse para llamarla en vano como solo puede invocarse lo que se ama; para ofrecer su inmensa inteligencia lírica y regalarnos una de las trayectorias literarias más poderosas de nuestra lengua. Esa fue su única salvación: su absoluta entrega y fidelidad a un destino: la suficiencia de la poesía. “La poesía, el creerme poeta, ha sido mi fuerza y, aunque me haya equivocado en esa creencia, ya no importa, pues a mi error he debido tantos momentos gozosos.”