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El trumpismo como decadencia: la Casa Usher de la democracia americana

De Baltimore a Washington: el "cooping" como espejo oscuro de una democracia que se finge ejemplar mientras erosiona sus propios cimientos.

 

Quiere la leyenda —o quizá la tradición— que Edgar Allan Poe, en los días finales antes de su agonía y muerte, pudiera haber sido víctima del llamado cooping, una práctica fraudulenta en el Estados Unidos del siglo XIX. En ciudades como Baltimore, algunas bandas secuestraban a personas, las emborrachaban o drogaban, y las obligaban a votar varias veces en distintos colegios electorales, cambiándoles de ropa para evitar ser reconocidas. No es difícil reconocer en esa imagen un espejo oscuro del presente.

El trumpismo no aparece como una anomalía aislada, sino como la cristalización de una deriva más profunda: la conversión de la política en espectáculo, la mentira en método y el caos en estrategia de poder. Lo que se presenta como ruptura es, en realidad, una regresión cuidadosamente amplificada por élites económicas y mediáticas que han aprendido a lucrarse del colapso institucional. En ese escenario, Poe deja de ser un autor del pasado para convertirse en un diagnóstico del presente.

Porque si hay un escritor que entendió la arquitectura de la decadencia, fue él. La caída de la casa Usher no describe una casa, sino un sistema nervioso enfermo: una civilización que se descompone desde dentro mientras aún conserva la apariencia del orden. Es la imagen perfecta de un mundo que ha dejado de creer en sí mismo, pero que continúa funcionando por inercia. Estados Unidos y su presidente, en su versión contemporánea, parecen habitar precisamente esa lógica: una estructura política que se agrieta mientras se exhibe como fortaleza; una democracia que se proclama ejemplar mientras normaliza la erosión de sus propios fundamentos.

Poe, el autor que nunca encajó del todo en la narrativa triunfalista de su país, emerge hoy como su verdadero intérprete. No como el poeta del gótico decorativo, sino como la encarnación de la obsesión, del delirio y de la conciencia fracturada. En sus textos no hay monstruos externos: hay sistemas internos que colapsan bajo su propia lógica.

El trumpismo —como fenómeno político y social— opera en esa misma clave: no introduce el caos, lo explota; no inventa la mentira, la industrializa; no rompe el lenguaje, lo degrada hasta hacerlo irreconocible. La verdad deja de ser un horizonte y se convierte en un obstáculo narrativo. En este contexto, la figura de Poe se vuelve inquietantemente actual. Porque lo que él describió como horror psicológico individual adopta hoy una forma colectiva. La paranoia ya no es un estado mental: es un estilo de gobierno. La fragmentación ya no es patología: es estrategia.

Como advirtió Orwell —su heredero inevitable—, quien controla el relato controla la realidad. Pero Poe va aún más lejos: muestra el instante exacto en que la realidad deja de ser controlable porque ya se ha desintegrado por dentro. La casa Usher no cae de golpe: se derrumba como se derrumban los imperios, grieta tras grieta, palabra tras palabra, hasta que el lenguaje mismo deja de sostener el mundo.

En ese sentido, la política del gobierno norteamericano —con sus líderes convertidos en personajes, sus verdades intercambiables y su dependencia del ruido constante— no es una desviación del sistema, sino su revelación más brutal. No estamos ante una excepción histórica, sino ante la normalización del colapso.

Poe lo habría entendido mejor que nadie: el verdadero terror no es el monstruo que entra en la casa, sino la casa que ya estaba podrida desde sus cimientos y, aun así, seguía pretendiendo ser un hogar.