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España ganó mucho más que un mundial

Esta selección no ha ganado únicamente un Mundial. Ha conquistado una idea. Y las ideas son infinitamente más difíciles de comprar que unos derechos de televisión.

 

Las instituciones del fútbol contemporáneo, sumisas al neocapitalismo, llevan décadas apropiándose de este gran deporte e intentando imponernos una máxima: todo tiene un precio. El jugador es un activo. El club, una marca. El aficionado, un cliente. La victoria, un mero producto audiovisual. Los himnos se patrocinan, las emociones se monetizan y la épica se vende bajo suscripción mensual.

Sin embargo, de vez en cuando, el negocio comete un error de cálculo: deja que el fútbol vuelva a ser fútbol. Eso es exactamente lo que ha ocurrido con España. Esta selección no ha ganado únicamente un Mundial. Ha conquistado una idea. Y las ideas son infinitamente más difíciles de comprar que unos derechos de televisión.

Mientras el hipercapitalismo deportivo fabrica estrellas concebidas como corporaciones individuales, España ha levantado el trofeo reivindicando la premisa opuesta: nadie es más importante que el equipo. La gloria no tenía propietario. Circulaba de pie a pie como circulaba la pelota: sin jerarquías teatrales, sin egos insoportables, sin la cansina liturgia del salvador. En una época dominada por el culto enfermizo al individuo, la selección española ha rescatado una palabra que sonaba a arcaísmo y que, precisamente por eso, resulta hoy revolucionaria: nosotros.

No es un detalle menor. Vivimos el despliegue de los nacionalismos excluyentes. El auge de líderes que necesitan enemigos permanentes para justificar su existencia. El empuje de una extrema derecha que convierte cada bandera en una frontera y cada identidad en un arma arrojadiza. Nunca hubo tanto patriota de escaparate ni tan poca noción de comunidad. Porque el nacionalismo autoritario no ama a los pueblos: ama el poder. Utiliza los símbolos patrios como otros utilizan logotipos comerciales: para vender un relato donde siempre hay una amenaza acechando y un líder providencial dispuesto a salvar a la nación de sí misma. Por eso necesitan privatizar el deporte. Lo hizo el fascismo europeo. Lo perpetraron las dictaduras latinoamericanas. Lo intentan hoy quienes pretenden transformar cada éxito colectivo en combustible para sus batallas culturales. El deporte es un artefacto demasiado poderoso como para dejarlo escapar: se siente antes un gol en la garganta que un discurso en el parlamento. Pero esta vez, el relato se les ha ido de las manos.

Esta selección encarna con precisión todo lo que ellos detestan. Es una España diversa, mestiza, serena y colectiva. Una España donde el origen cede ante el compromiso compartido; donde el talento individual solo cobra sentido si engalana al conjunto. Una España infinitamente más real que los delirios identitarios de quienes siguen añorando imperios extinguidos hace siglos. Mientras en redes sociales algunos levantaban mosaicos de opereta, saturados de nostalgia imperial y patriotismo de saldo, sobre el césped irrumpía una España mucho más difícil de manipular: la España que coopera, que mezcla, que juega y que vence sin necesidad de aplastar al rival bajo la losa de una trágica superioridad nacional.

Ese contraste explica el profundo desafío que despierta este equipo. Y la ironía fue todavía mayor por el escenario. Ocurrió en Estados Unidos, la meca del espectáculo global. El país donde el deporte alcanza su expresión más mercantilizada y donde la política lleva años confundiendo el liderazgo con la sobreexposición mediática. Allí, en las entrañas del mayor escaparate del planeta, el fútbol recordó que aún existen trincheras imposibles de privatizar: la inteligencia colectiva, la solidaridad de vestuario y la belleza poética de once piezas moviéndose como un solo organismo. Hay imágenes que condensan toda una era.

La escena final de Donald Trump intentando secuestrar el centro de la celebración durante la entrega de la copa y la propia inercia del equipo desplazándolo a la periferia poseen una fuerza simbólica brutal. Más allá del protocolo, la imagen desnuda un choque de visiones: frente al mandatario incapaz de habitar un plano donde él no sea el sol, unos futbolistas festejaban una verdad tan sencilla como revolucionaria: el único protagonista era el grupo. Dos formas antagónicas de entender el poder. Una necesita focos. La otra necesita compañeros. Entretanto, España llegaba a esta cita arrastrando una caricatura internacional por su firmeza institucional frente a los totalitarismos y la guerra: la de un país a quien la propaganda pretende arrastrar a la penumbra, presentándolo como una nación fracturada e ingobernable. Sin embargo, esa misma sociedad condenada al fracaso por los profetas del desastre ha terminado ofreciendo al mundo una lección democrática incontestable: un vestuario donde nadie exige el pasaporte del compañero antes de darle un pase.

Quizá por eso esta victoria ha desatado una ola de empatía que desborda nuestras fronteras. No porque el fútbol vaya a extinguir las guerras ni porque un trofeo reescriba la geopolítica. El deporte no frena misiles ni derriba tiranos. Sería de una ingenuidad infantil creerlo. Pero las batallas culturales también se libran en el terreno de la imaginación. Las sociedades se alimentan de los relatos que proyectan. Y durante noventa minutos, el dogma dominante —el del dinero asfixiante, el del caudillo providencial, el de la mercancía visual y el del nacionalismo atrincherado— sufrió una derrota estruendosa. España ganó el Mundial. Y, al hacerlo, devolvió la luz a una certeza que creíamos sepultada: que la cooperación es más inteligente que la arrogancia, que el bien común es infinitamente más fértil que el ego, y que no existe fortuna en el mundo capaz de comprar la magia de once voluntades cuando deciden ser una sola. Anoche, el imperio y sus tiranos financiasen el espectáculo, pero el juego renegó de ellos. Y esa fue, sin duda, la victoria más hermosa.