The news is by your side.

La barbarie como política

Cuando la política se convierte en negocio y la barbarie deja de ser metáfora, la poesía aparece como último refugio frente a la arrogancia del poder

 

– ¿Qué esperamos congregados en el foro?
Es a los bárbaros que hoy llegan.

– ¿Por qué esta inacción en el Senado?
¿Por qué están ahí sentados sin legislar los Senadores?
Porque hoy llegarán los bárbaros.
¿Qué leyes van a hacer los senadores?
Ya legislarán los bárbaros, cuando lleguen.

Constantin Cavafis

Ya no hay espacio para la poesía ni las catedrales góticas. Una vez le preguntaron al poeta alemán Heinrich Heine por qué los hombres ya no construyen catedrales. “La gente de aquellos tiempos tenía convicciones –contestó-; nosotros los modernos sólo tenemos opiniones. Y se necesita algo más que una simple opinión para erigir una catedral gótica”. Después de la caída del Muro de Berlín, el capitalismo no necesitaba predicados, era perentorio sin ningún tipo de cortapisas alzaprimar sus objetivos más elementales y primarios sin hacer concesiones y que se sustanciaba en erradicar su único gran escollo estructural que ya había planteado Ronald Reagan cuando afirmaba que el problema consistía en que los ricos no eran lo suficientemente ricos y los pobres no eran lo suficientemente pobres. Después de la caída del Muro de Berlín la democracia estaba en la almoneda, era cuestión de tiempo que el autoritarismo y la estulticia ideológica-instrumental adquirieran carta de naturaleza, la democracia no podía ni puede ser Yeltsin, Putin, Orbán ni los neofascismos occidentales, ni tampoco Trump y sus negocios. La raison d’être se ha acabado sustanciando por encima de todo en el mandato de los más influyentes mercaderes del templo o la mise en scène del shakesperiano usurero Shylock reclamando permanentemente la libra de carne humana.

Ya lo advirtió Trump: “Podría disparar a gente en la Quinta Avenida y no perdería votos”. Una vez que amplias capas de la población son capaces de votar contra sus propios intereses todo está permitido. No hay perversión democrática mayor. Y en este contexto, Warren Buffet pudo afirmar: “hay una guerra de clases y la estamos ganando los ricos”. El mundo, definitivamente, estaba hecho para la felicidad de unos pocos. Incluso algunos líderes de izquierda, como Felipe González, optaban por alternativas absurdas en favor del caos capitalista cuando prefería morir apuñalado en el metro de Nueva York que de aburrimiento en las seguras calles de Moscú.

Donald Trump lanzó un anuncio en el que manifestaba que acabaría con el conflicto entre Israel y Palestina -porque llamarlo masacre de los primeros contra los segundos no procedía- y que las playas de Gaza, bañadas por el Mediterráneo, se llenarían de resorts con pulserita para disfrute de europeos y norteamericanos. Dijo que se quedaría con las tierras raras de Ucrania. Y lo último, el ataque militar para controlar y explotar el petróleo de Venezuela. Trump no hace política, sino negocios. Y para ello el mandatario yanqui ha instaurado un nuevo equilibrio, o desequilibrio, internacional bajo el paradigma delo hago porque quiero y puedo hacerlo

Trump, si pudiera intelectualmente comprenderlo, debería escuchar el eco de otro presidente estadounidense, J.F. Kennedy cuando afirmaba: “Cuando el poder conduce al hombre hacia la arrogancia, la poesía le recuerda sus limitaciones. Cuando el poder reduce el área de interés del hombre, la poesía le recuerda la riqueza y diversidad de la existencia. Cuando el poder corrompe, la poesía se limpia”.