LO DE ALMERÍA (I)
De Barcelona a Almería: cómo un caso de narcos reveló el subsuelo político mejor guardado de Andalucía.
Vuelvo a escribir sobre Almería porque lo que ha estallado ahora no es una noticia más, ni una pieza suelta del engranaje político andaluz. Lo que ha estallado es la demostración de que una estructura que lleva décadas funcionando en silencio ha terminado, por fin, dejando rastro. Y lo hace en un momento en que muchos creían que la provincia había pasado página, que las viejas historias del Poniente quedaban lejos, archivadas, enterradas en sentencias semi olvidadas y broncas internas del pasado. No es así. La realidad acaba siempre encontrando el camino.
El detonante de todo no nace en Almería. Nace en Barcelona, en una investigación por narcotráfico y blanqueo de capitales donde una jueza instructora, escuchando conversaciones aparentemente ajenas al asunto principal, detecta indicios de operaciones sanitarias sospechosas: mascarillas, material de protección, contratos inflados, movimientos extraños de dinero. Ese hilo, que parecía menor, conduce directo a Almería. Y allí se desata la tormenta.
De un solo disparo, la UCO se cobra dos piezas de enorme relevancia: al presidente de la Diputación de Almería y al presidente provincial del Partido Popular. Dos cargos que no son solo puestos políticos sin relevancia, sino piezas clave de una red de poder que domina la provincia desde hace décadas. La sorpresa en Sevilla y en Madrid fue inmediata, pero no debería haberlo sido. Basta mirar atrás, al menos en Sevilla, desde el mismísimo balcón barroco de San Telmo.
Lo que ocurre ahora no es un accidente. Es la continuación natural de una cultura política, económica y social que convirtió a Almería en un territorio donde la impunidad ha sido más norma que excepción. Lo vimos antes. Lo vivimos antes. Lo contamos antes. Y, sin embargo, el país vuelve a descubrirlo como si fuera nuevo. Distintas camadas con los mismos collares, con mucha prisa por crecer y con demasiada voracidad por el dinero.
A nadie se le puede escapar el simbolismo de una provincia por la que han desfilado, durante años, todos los ministros de Justicia del PP —Alberto Ruiz-Gallardón, Rafael Catalá— caminando orgullosos del brazo de Gabriel Amat por Almería, reuniones con la judicatura, la abogacía y la Fiscalía local, mientras los juzgados de Roquetas llegaron a acumular más de doscientas denuncias relacionadas con su gestión. Amat presume de que todas fueron archivadas. Más de 240. El número no es un dato menor. Dice mucho más que todas las notas de prensa juntas. Quizás el caso de La Fabriquilla es donde Amat se movió en el filo de la navaja judicial, pero al final nada pasó, solo nos dejó la única imagen existente del líder almeriense del PP entrando a declarar en un juzgado.
Pero quizá ninguna historia ilustra mejor la naturaleza profunda del ecosistema almeriense que la del empresario hotelero Miguel Rifá. Su caso no es solo un fraude monumental: es la prueba de cómo se convivía con la corrupción como si fuera parte del paisaje. En noviembre de 2023, la Audiencia Provincial lo condenó a 22 años y cinco meses de prisión por defraudar más de 88,3 millones de euros a Hacienda mediante un entramado cuidadosamente tejido de sociedades en Portugal, Reino Unido y territorios offshore. Durante años gobernó su imperio con absoluta tranquilidad y el aplauso social y político de lo mejor de Almería, mientras en la entrada principal del Gran Hotel Almería recibía con especial efusividad a dirigentes nacionales del PP de visita oficial en la capital. La foto de Mariano Rajoy firmando en el libro de honor del emblemático hotel junto a Rifá permanece como una postal incómoda de aquellos tiempos. Una imagen que por sí misma resume la naturalidad con la que convivían el poder político y el económico en esta tierra. Lo que cada uno tuviese en los juzgados o en la Agencia Tributaria poco importaba para mantener el estatus y hacerse la foto con el Aldama o la Leire de turno.
Así funcionaba Almería: lo que parece anecdótico nunca lo es. Todo forma parte de una misma línea temporal donde las piezas van encajando. Y lo que irrumpe ahora —el caso de las mascarillas, el PP pringado con los contratos de emergencia, las comisiones disfrazadas, las sociedades pantalla— solo puede entenderse pasando revista a esa línea entera desde el principio.
Porque, a diferencia de otras provincias, en Almería la corrupción no ha sido episódica, sino estructural. No ha sido un desvío, sino un camino. Y quien quiera comprender lo que está ocurriendo ahora debe mirar hacia atrás, a aquello que algunos intentaron archivar también en la memoria colectiva: la Operación Poniente, la guerra civil interna del PP, los pactos vergonzantes en la Diputación, el silencioso hundimiento del PSOE tras el Algarrobico, sus pactos con el PAL y la consolidación de un sistema donde nada grave parecía ocurrir porque nada grave parecía investigarse.
El llamado Caso Hispano Almería S.A. (HALSA) ha sido uno de los más escandalosos, y eso que para empezar la Justicia tuvo en sus manos ¡los recibos originales firmados! de las mordidas que la constructora de cabecera del PP de Gabriel Amat le pagaba mayoritariamente a gente del partido, especialmente en tiempos de campañas municipales. ¿Financiación irregular? Nunca se investigó. También se escaparon propinas a otros ayuntamientos como Vícar o Níjar, socialistas, pero comparado con lo que se llevaban los del PP era calderilla. Todo estalla hoy, pero como se adivina, todo comenzó mucho antes.
Almería ha sido laboratorio político, fortín de poder de la derecha, búnker judicial y rampa para muchos jueces a tribunales superiores, territorio de experimentación para un modelo de control que fue perfeccionándose con cada crisis interna. Por eso la caída actual no se entiende como caída: es simplemente el punto en el que el sistema se ha visto obligado a mostrar su verdadero rostro. No es un final. Es la continuación natural de un proceso que empezó hace décadas. Gatopardismo en estado puro donde todo cambia para que todo siga igual.
Y de eso va esta serie de seis entregas: de reconstruir la memoria completa para que nadie pueda decir que no sabía. De explicar por qué una provincia aparentemente tranquila ha sido, en realidad, el corazón oculto de algunas de las tramas más complejas y pestilentes del sur de España. Sin olvidar el famoso Caso Tres Reyes, sí de película, pero de las cutres y baratas. La cosa va de contar, con calma y sin fobias, cómo se formó esta tormenta perfecta que ocupa telediarios desde hace dias en España.
Lo de ahora es importante, sí. Pero lo que importa de verdad es lo que está debajo.
Próxima entrega:
“Las alcobas del poder: Operación Poniente, el sumario que lo explicó todo”.
Un viaje al interior del caso que desnudó a la élite política de la derecha y empresarial del Poniente: grabaciones telefónicas, amantes, lujo obsceno, tarjetas negras, robo sistémico de los impuestos y una jueza instructora que permitió ver, por primera vez, lo que nadie quería que se viera.