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Los desnudos y los muertos

Las guerras, todas, las ganan los ricos.

 

Le plagio el título al de la novela de Norman Mailer, pues me transmitió desaliento y horror, lobreguez ambiental, con melancolía de lo que se intentó lograr y nunca fue conseguido. Escribo hoy, horas antes de que concluyan las visitas al ciudadano rey por los ciudadanos responsables políticos, entre los cuales se encontraba el igualitario alentador del nuevo titulo borbónico.

Hemos asistido al surgimiento de un conflicto limitado entre partidos sedicentes de izquierda política que se escapa de sus manos de forma paulatina, agrandándose con el paso de meses, y en cuyo desarrollo uno de los actores ha dejado, para su beneficio, que la situación se vaya de las manos para que los oponentes, y uno en particular, no pudiera soportarlo. El muñidor del crecimiento del conflicto decidido a sacarle provecho, no se ha amedrentado pues ha calculado que mejoraba su posición con la apabullante derrota dialéctica y simbólica de su, y de sus, adversarios.

Aún aparentando los dos políticos enfrentados, que pasaron a cuatro, y ahora abarcan a la entera  Cámara de San Jerónimo, que habían optado por conductas irracionales que los ciudadanos de a pie de España no suelen escoger, uno de ellos siempre ha tenido el pie sobre el freno y las manos en el volante para hacerse con la racionalidad del volantazo corrector en el instante preciso para evitar un accidente mortal.

Rafael Gómez, 98 años, con casa y familia en Estrasburgo,  almeriense, recriado en Cádiz, de padre carabinero en la República, cabo conductor del vehículo que entró primero en Paris en la división Leclerc, acaba de decirle a los jóvenes y a sus nietos: “No hagáis guerras. Las guerras siempre las ganan los ricos”. Hemos asistido a una guerra, sin Cruz Roja, y seguimos en ella. Rafael, 98 años, cabo en una contienda que dejó veintiséis millones de muertos, lo tiene claro. Las guerras, todas, las ganan los ricos. Esta de Pedro y Pablo, de Alberto y Pablo, De Santiago y Gabriel, de Aitor y otro Alberto,ciudadano él, la van a ganar, ya la han ganado, los ricos.

Azrael, el ángel de la muerte en el Corán, ya separó las almas de los cuerpos de los partícipes en la contienda. Los ideales verbalizados cínicamente han volado en busca de huries paradisíacas, los cuerpos sin alma deambulan por  hemiciclos,tertulias y entrevistas a la espera de las encuestas de Munkar y Nadir, angeles demoscopicos que decidirán el horror de las  tumbas.

Estamos en tiempo de barzaj el intermedio coranico entre la muerte y la resurreccion.