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Leña del árbol caído

Toda la vida he pagado mi precio por moverme y expresarme en libertad y hoy me toca seguir haciéndolo.

“No hay que hacer leña del árbol caído, Juan”. Con esa frase tan manida pero tan intimidatoria cuando quien la pronuncia tiene poder, según qué amigos socialistas me reconvenían estos días algunos de mis análisis sobre lo que está pasando en Andalucía. “No es el momento”, precisan cuando coincidimos por los pasillos del Parlamento autonómico. Y yo, al escucharlos, no puedo menos que estremecerme recordando a Jordi Pujol, quien durante años en Catalunya contestaba a los periodistas “aixó no toca avui” (eso no toca hoy) cada vez que le molestaba alguna pregunta de las que le hacían.
La razón por la que se permitían regañarme este miércoles en el Hospital de las Cinco Llagas de Sevilla era que no les había gustado mi post del pasado domingo en el que decía que me parece una putada lo que ha pasado en Andalucía, pero que al mismo tiempo considero higiénico que se haya producido la alternancia política después de cuarenta años. Aún así mis amigos socialistas, unos más conversos que otros, se creen con derecho a reprenderme porque estoy “haciendo leña del árbol caído”.
Vamos a ver si nos aclaramos: se tiran cuarenta años tejiendo redes de adhesiones inquebrantables, depurando díscolos, elaborando listas negras, premiando a los sumisos y castigando a los espíritus libres, y cuando les toca irse y no les gusta como lo cuentas, continúan dándose por ofendidos: no es el momento, Juan. O sea, que hasta el momento adecuado para que tú escribas algo, o no, se empeñan en decretarlo ellos hasta el último minuto.
Eso me pasa por tener amigos donde no debo. Me está bien empleado porque caigo en lo mismo que critico en mi reciente libro “Periodistas, el arte de molestar el poder”, y de paso aprovecho para hacer promoción. En él hablo del gran peligro que tiene la amistad entre políticos y periodistas, sobre todo cuando los unos se empeñan en decirle a los otros lo que tienen que hacer, o cuándo y cómo lo tienen que decir. Tanto en uno como en otro sentido.
Toda la vida he pagado mi precio por moverme y expresarme en libertad y hoy me toca seguir haciéndolo, no ya sin cierta pereza a estas alturas. Si dentro de unos meses el árbol no está tan caído como ahora proclaman ellos con cierto efluvio victimista, me tocará sufrir nuevas represalias, qué le vamos a hacer. Seguiré perdiendo amigos.
Deseo con toda mi alma que los que acaban de llegar se marchen lo más pronto posible, pero también que quienes en su día los releven adopten modos y maneras diferentes y abandonen para siempre esa triste costumbre de presionar a los periodistas con sus comentarios. Que no solo los insensatos como yo puedan expresar libremente sus ideas, y que no haya nadie que le tenga miedo a perder el sustento si se le ocurre publicar algo “cuando no es el momento” porque “no se puede hacer leña del árbol caído”.