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Lutos comparables

Una noche de ocio puede ser rasgada por unos kalashnikov. Luego hablaremos sobre la importancia de unos muertos sobre otros. Uniremos ráfagas de palabras a las de metralleta

OPINIÓN / ALEJANDRO SIMÓN.– Así como la quietud de un estanque puede ser golpeada por una piedra, o el  vuelo de un ave puede ser interceptado por un águila, una noche de ocio puede ser rasgada por ráfagas de kalashnikov. “Ra ta ta ta”. Y cambia el curso de tu historia. De una noche cualquiera. En un partido, en un bar, en un concierto. Frente al televisor de tu casa. “Ra ta ta ta”. Y esa película se ve interrumpida por los noticiarios, el móvil en la calle se llena de mensajes, el teatro al que asistes enpieza a llenarse de murmullos… Y el halcón que rompe este frágil equilibro empieza a remover la rutina a la que estamos acostumbrados. Nuestra consciencia se ve golpeada por la insconciencia o, podría ser también al revés, nuestra insconciencia empieza a ser golpeada por otra inconsciencia.

Y volvemos entonces –entre lágrimas– al viejo discurso. A buscar etiquetas, culpables, cabezas de turco, razones a la sinrazón. A encontrar una explicación lógica a la barbarie, un sentido al sinsentido.  A buscar a los otros. A buscar a los nuestros. Y ahora que nos vemos violentamente sobresaltados de nuestras noches de quietud en casa, en la calle, en el bar, en el partido, en el concierto, en el teatro, nos sumaremos a los tambores de guerra. Porque ahora ya suenan cerca, no son lejanos. Si no obtenemos la quietud y calma de nuestras noches de viernes, mejor sumarse al festín. 

Inclusive hablaremos sobre si unos muertos son más importantes que otros. Si unos atentados son más sentidos que otros; lutos comparables.

Habrá debates sobre si hay razones o no religiosas. Sobre la conveniencia de uno u otro hanstag. La prevalencia de una u otra imagen icónica. Sobre intervenciones. Estados de sitio y estados de guerra. Sobre migraciones y exiliados y refugiados. Y camuflajes. Debates sobre conspiraciones y sobre la teoría de la conspiración. Declaraciones y más declaraciones. Inclusive hablaremos sobre si unos muertos son más importantes que otros. Si unos atentados son más sentidos que otros; lutos comparables. Sobre hipocresías y sobre sesgos. Sobre etnocentrismos y fundamentalismos. Sobre una y otra orilla. Sobre esa que se ve desde el borde de nuestro Twitter o de nuestra televisión. Sobre esa otra orilla que no podemos ver. Sobre la que no se quiere.

Y a las ráfagas de metralletas uniremos ráfagas de palabras que también se recargarán con la misma velocidad que un arma.

Y todo ello sobre un dolor que no cesa, ni cesará. Porque eso es lo único real. El dolor del que se queda. Y el silencio del que vuelve a la tierra involuntariamente.

“Sería un minuto flagrante. Sin risas sin locomotoras. Todos estaríamos juntos en una quietud instantánea. No se confunda lo que quiero con la inacción, la vida es sólo lo que se hace, no quiero nada con la muerte. Quizás un gran silencio pueda interrumpir esta tristeza”.

(A callarse. Pablo Neruda)