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Mascotas: un chute de empatía

Adoptar una mascota no es una decisión fácil. Hasta que, un día, los «no puede ser» se convierten en simples «peros», y una aprende a valorar (más) la vida de los animales

Opinión / BEGOÑA FDEZ. LORENZO.– El día que lo decidí, la ilusión me dominaba. Fue el momento en que la montaña de contras se desmoronó y los “no puede ser porque” pasaron a ser “peros” con solución. Lo tenía claro, clarísimo, y la cabeza me iba a más de mil. Hice acopio de libros (que leí), consulté infinidad de webs y me uní a grupos en las redes sociales de familias con experiencia. Tuve claro que era capaz y que supondría un cambio que nos haría muy felices a pesar de la gran responsabilidad que íbamos a asumir. Al principio a él le costó verlo igual, vivíamos muy cómodos, dueños de nuestro tiempo y de nuestro espacio. Pero en breve (con mi gran ayuda) venció sus miedos y estuvimos de acuerdo en dar el gran paso.

La primera noche tras su llegada (fueron dos), malísima. No callaron un minuto. Aquello no era tan fácil. Llegué incluso a sentirme mal por habernos empujado a tomar esa decisión tan importante: ¿siempre sería así? Por suerte, no, aunque los momentos difíciles crecieron y se hicieron muy diversos, desde fregar el sofá porque se les escapó un pipí, hasta salir pitando angustiados por una fiebre descontrolada, pasando por elegir muebles pensando si los destrozarían y asumir que la casa jamás volvería a estar perfectamente ordenada, ni nosotros a salir a la calle con la ropa impecable, en fin, qué os voy a contar. Ir de vacaciones se volvió complicado, los planes con amigos en casa limitados, pues no todos se sentían tan cómodos como antes, los gastos se dispararon los primeros años… y lo dejo aquí que parece esto una relación de quejas, y yo iba a por el “por suerte”.

Desde esta columna quisiera daros un chute de empatía que os haga mirarlos a los ojos dándole (más) valor a sus vidas.

Disfrutamos mucho de nuestra vida en familia, ellos nos han hecho a Migue y a mí mejores personas. Nos dan tanto amor, nuestra casa está tan viva, tan llena, que ya no concebimos vivir de otra forma. ¿Solos otra vez? Nunca. Verlos crecer y aprender, jugar, las travesuras, observarlos a escondidas y maravillarnos de su inteligencia, ha sido toda una experiencia.

Tanto nos cambió que empezamos a sufrir por los que no tenían la misma suerte que los nuestros, y colaboramos con una ONG para ayudar a los menos afortunados. ¿Cómo hay gente capaz de abandonarlos, de hacerles daño? Aún hoy no tenemos respuesta para eso y se nos encoge el corazón ante su sufrimiento, pero sabemos que la clave está en la educación de niños y adultos, en crear conciencia.

Desde esta columna quisiera daros un chute de empatía que os haga mirarlos a los ojos dándole (más) valor a sus vidas. Tanto, que el maltrato animal os provoque un enorme rechazo, y os mováis para cambiar algo al respecto a vuestro alrededor.

¿No lo dije? Esto va de bichos. Los nuestros en concreto son gatos, abandonados, comunes, con sus taras y sus (maravillosos) defectos. La niña llegó después, más o menos fue el mismo proceso. Como sus padres, adora a sus hermanos de cuatro patas. Se llama Alicia y la queremos con locura, pero esa es otra historia.

Foto: Fran Silva