La derecha democrática: el disfraz del privilegio heredado
La meritocracia reaparece como coartada: convierte privilegio en talento y desigualdad en culpa individual, ignorando que no todos parten del mismo lugar.
Quisiera apelar al recuerdo y a la experiencia de los hijos de la clase trabajadora que, ya en democracia, pudieron acceder a una formación que a sus padres y abuelos les fue imposible. Y, sin embargo, hoy vienen con todo esto de la “meritocracia”, que vuelve a resonar con fuerza en la embestida del feroz posneoliberalismo, especialmente en la privatización de la educación pública y universal por parte del gobierno andaluz. Suena limpia, razonable, incluso justa. Pero en boca de las élites y de la derecha funciona como lo que realmente es: una coartada. Un relato cuidadosamente construido para convertir el privilegio heredado en talento individual y la desigualdad estructural en supuesto fracaso personal. No hay nada neutro en ese discurso. Es ideología pura, aunque se presente como sentido común. Porque la pregunta esencial se evita siempre: ¿qué mérito puede medirse cuando no todos parten del mismo lugar?
Durante el franquismo —y, en buena medida, en las inercias que lo sobrevivieron— el sistema no era una excepción a esa lógica: era su versión más desnuda. La educación no operaba como ascensor social, sino como filtro de clase. Los hijos de las élites no competían: continuaban. Los hijos de la clase trabajadora no escalaban: resistían. Y demasiados, directamente, eran expulsados del recorrido antes siquiera de empezar. No por falta de capacidad, sino por falta de permiso.Y cuando alguno lograba atravesar esa barrera, no lo hacía en igualdad de condiciones, sino bajo formas de control y tutela: becas de caridad, “oportunidades” que exigían obediencia y gratitud. No era movilidad social: era domesticación del ascenso. Eso no fue meritocracia. Fue endogamia del poder. Un circuito cerrado donde los mismos nombres reproducían las mismas posiciones, sostenidos por lo que Bourdieu definió con precisión quirúrgica: capital cultural y social concentrado en las mismas manos.
Hoy, sin embargo, ese sistema ha mutado de lenguaje, no de lógica. Ya no se habla de linaje o de clase; se habla de esfuerzo, de actitud y de talento. Como si esas palabras flotaran en el vacío, desconectadas de la desigualdad real. Pero el “esfuerzo”, sin condiciones de igualdad, no es una virtud universal: es un privilegio mal distribuido. Porque no compite igual quien estudia con recursos que quien lo hace con carencias. No parte igual quien hereda contactos que quien no tiene red alguna. No arranca en la misma línea quien crece con seguridad material que quien lo hace bajo la presión constante de la precariedad.La meritocracia, en ese contexto, no mide el mérito: lo fabrica. Y después lo certifica.
Y aquí está el núcleo incómodo del asunto, el que el discurso dominante prefiere no mirar de frente:Cuando se dice que “cada uno tiene lo que se merece”, lo que se está afirmando —aunque no se diga explícitamente— es que la desigualdad es justa. Que la pobreza es una elección implícita. Que la exclusión es responsabilidad individual. Es una forma elegante de culpabilizar a quien perdió antes incluso de empezar a jugar. Y hay una paradoja que debería resultar insoportable para cualquiera que piense dos minutos:
Muchos de quienes hoy defienden con fervor ese relato son descendientes de quienes no habrían superado un sistema realmente competitivo. Hijos y nietos de clases trabajadoras que no ascendieron por “mérito” en el sentido abstracto que hoy se invoca, sino por conquista colectiva, por educación pública, por Estado social y por derechos. Entonces la pregunta no es teórica. Es brutalmente concreta: Si el mundo hubiera sido siempre el que hoy algunos defienden… ¿dónde estarían ellos? Y más aún: si sus propios padres no tuvieron las oportunidades que hoy se exigen como condición moral, ¿qué fueron entonces?¿Menos capaces? ¿Menos válidos? ¿Menos dignos? Aceptar el relato meritocrático de la derecha obliga a esa conclusión incómoda. Y por eso se sostiene tanto en la abstracción: porque, en cuanto aterriza en la biografía real, se derrumba.La verdad es sencilla, aunque moleste: sin igualdad de condiciones, la meritocracia no es justicia. Es una narrativa de legitimación del orden existente que sirve para convencer a los que pierden de que la derrota es culpa suya.