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Luis Yáñez-Barnuevo de la Milla, el médico que curó ‘la Ley del Silencio’

'Un médico de pueblo, liberal y humanista'. Así titula Juan Antonio Yáñez-Barnuevo García el relato de la biografía de su padre.

 
En el Hollywood de los años 50, el doctor Don Luis Yáñez-Barnuevo de la Milla (El Saucejo, 26-XI-1906;Coria del Río, 9-8-1987) habría inspirado -muy probablemente- una novela de Budd Schulberg. Y si, tras el relato de Schulberg (¿o tal vez de Don Ernesto Hemingway…?) hubiese llegado el correspondiente ‘film’ de Elia Kazan, entonces quizá no tocaría llamarlo ‘La Ley del Silencio’, como la célebre pelicula de Kazan y Marlon Brando. Porque, en la realidad, en Coria del Río y entre los médicos sevillanos de la posguerra de la Guerra Incivil, Don Luis Yáñez-Barnuevo fue ‘El Médico que curó la Ley del Sllencio’. 
Como en exquisita prolongación cinematográfica, Don Luis se casó en 1941 con una mujer, Ángeles García Palacios… que en las fotos de la juventud del matrimonio nos recuerda a la Ingrid Bergman de ‘Casablanca’. Nacida en Guadalcanal, Ángeles -Doña Angelita- fue maestra republicana represaliada en 1936, aunque volvió a ejercer entre 1973 y 75. Ella nos dejó aquí cinco años antes de que Don Luis la siguiera en ese último viaje: y nos abandonara -un poco huérfanos- a todos los que lo tratamos… y fuimos tratados por él.

 

Como en exquisita prolongación cinematográfica, Don Luis se casó en 1941 con una mujer, Ángeles García Palacios… que en las fotos de la juventud del matrimonio nos recuerda a la Ingrid Bergman de ‘Casablanca’. 

 

Tenía aura el doctor Luis Yáñez-Barnuevo de la Milla. Un aura fascinante que este miércoles 24 regresó y sobrevoló el coriano Auditorio Pastora Soler, en la presentación del número 22 de ‘Azotea’, la Revista de Cultura del Ayuntamiento de Coria del Río. Esta ‘Azotea’ se dedica a seis biografías: la del doctor Yáñez-Barnuevo (elaborada esencialmente por su hijo mayor Juan Antonio, diplomático y exembajador de España en Naciones Unidas), en compañía de la de otro médico ilustre, Don Ángel Pineda de la Carrera, tres ‘maestros (corianos, claro) que dejaron huella’, Manuel Asián Ruiz, Hipólito Lobato Palacios y José Luis Asián Peña… y al fin, José Sánchez Vidal, el alcalde republicano de Coria del Río que fue detenido y fusilado en las primeras semanas de la sublevación militar de 1936.
‘Un médico de pueblo, liberal y humanista’. Así titula Juan Antonio Yáñez-Barnuevo García el relato de la biografía de su padre, donde han colaborado sus cinco hermanos: Luis, José María, Ángeles, Gonzalo y Carlos; Luis y Carlos se han ocupado a fondo de la especial semblanza de Doña Angelita.

 

El matrimonio Yañez-Barnuevo García Palacios con sus hijos
“Médico añejo, hombre de bien y -sobre todo- un liberal de pies a cabeza”, escribía el firmante de estas mismas líneas en ‘ABC de Sevilla’, el 1 de julio de 1981, con ocasión del homenaje que el pueblo de Coria del Río (‘A Don Luis, en Coria’) tributó al doctor Yáñez-Barnuevo de la Milla en la antigua Piscina de Coria, de la familia Gutiérrez Pérez. Don Luis agradeció aquel homenaje como ‘el reconocimiento a la profesión oscura, digna de tanto médico enterrado en tanto pueblo perdido’. Desde 1931, el año del advenimiento de la II República, el doctor Yáñez-Barnuevo de la Milla había ejercido su profesión  -o ‘magisterio civil’- en Coria del Río.

 

Un aura fascinante que este miércoles 24 regresó y sobrevoló el coriano Auditorio Pastora Soler, en la presentación del número 22 de ‘Azotea’, la Revista de Cultura del Ayuntamiento de Coria del Río. 

 

Tanto en su vida personal como en la profesional, el enjuto médico de El Saucejo -con raíces paternas en Osuna-, que se definía a sí mismo como asténico correoso’… tuvo motivos de sobra para combatir esa Ley del Silencio que pronto llegaría en una España abierta en canal. Hablamos de motivos ideológicos, liberales, sanitarios… y familiares. De los tres hermanos del doctor Yáñez-Barnuevo, dos, los mayores, cayeron bajo el fuego de pelotones franquistas: el mayor, Juan, labrador, asesinado el 7 de septiembre de 1936, en El Saucejo, sin juicio y sin otro cargo que no fuera el de solidaridad con los perseguidos; antes, el

El capitán Antonio Yáñez-Barnuevo murió (junto al Gobernador Civil de Cádiz, Mariano Zapico) gritando ‘Viva la República’.

6 de agosto, Antonio, capitán artillero ‘de los de Asalto’, había sido ejecutado de modo sumarísimo en Cádiz tras simulacro de Consejo de Guerra… por una ‘rebelión militar’ que había consistido en defender la ciudad contra la gran rebelión que venía del otro lado del Estrecho desde el 17 de julio de ese mismo 36. En el Castillo de San Sebastián, al pie de La Caleta, Antonio Yáñez-Barnuevo murió (junto al Gobernador Civil, Mariano Zapico) gritando ‘Viva la República’. De los cuatro hermanos Yáñez-Barnuevo Milla, tras el verano de 1936 sólo quedaron vivos Don Luis… y su hermana Pura. 

 

Entre 1940-41 y en plenas convulsiones de la barbarie, Don Luis pasó con calificación de ‘favorable’ el proceso o examen de depuración a que el Régimen franquista sometía a los médicos: con una nota de ‘perfil bajo’, alejado de la de los ‘adictos a la Causa Nacional’. En 1941 y en Sevilla, nuestro médico contrajo matrimonio con Doña Angelita, a quien conoció y con quien entabló relaciones a través de la familia Olivera, farmacéuticos ancestrales en Coria. Antes, en los días más duros de sangre y plomo, Manolita Olivera, hija del farmaceútico Mariano Olivera Navarro, había sido el gran baluarte de Ángeles García-Palacios, quien, además de ser represaliada y trasladada en 1937, ‘por simpatizar con la ideología izquierdista’… había perdido en agosto de 1936, fusilado, a su novio de Santiponce: José Carmona Carranza, militante del PSOE y la UGT. Poco después, Mariano Olivera Delmás daría el relevo a su padre en la farmacia coriana y, junto al practicante Ángel García Velázquez, también heredero de su padre, Antonio, pasaron a formar con Don Luis el equipo médico que más confianza generaba entre los habitantes de Coria del Río y las zonas cercanas a las Marismas del Bajo Guadalquivir..

 

El matrimonio Luis Yañez-Barnuevo de la Milla y Angeles García-Palacios

 

De los tres hermanos del doctor Yáñez-Barnuevo, dos, los mayores, cayeron bajo el fuego de pelotones franquistas. 

 

Entre 1942 y 1954, Don Luis y Doña Angelita compartieron seis hijos: Juan Antonio, Luis, José María, Ángeles, Gonzalo y Carlos. Tres -Luis, José María, Carlos- se licenciaron en Medicina. Luis y Carlos -posteriormente alcalde de Coria, a finales de la década de los 80- ocuparon diversos cargos polìticos. Entretanto, en el domicilio familiar de calle Sevilla, 5 (calle llamada hoy Doctor Luis Yáñez-Barnuevo de la Milla), en las desérticas marismas del Guadalquivir (donde trataba casos de paludismo..), en las consultas privadas y en las reuniones con amigos o familiares -que también venían de El Saucejo-, en Almensilla o en los páramos cerca de Doñana… la palabra liberal y republicana de Don Luis Yáñez-Barnuevo, el gran admirador de Don Manuel Azaña… iba quebrando por capas La Ley del Silencio: como una semilla que germinara… como un bisturí a través de celofán endeble. “Hay que ver qué tropas tenían los alemanes, que casi conquistaron toda Rusia, Don Luis”.  Y la respuesta sonriente del médico humanista: “Pero Stalingrado, no, ¿eh? Stalingrado, no”. Estaba todo dicho. Con el maravilloso ‘ojo clínico’ que le hizo ganar una reputación milagrera en los hospitales y quirófanos sevillanos de la época. Como cuando sentenciaba recordando a don José Letamendi: “El médico que sólo de Medicina sabe… ni siquiera sabe Medicina”. O… “Los enfermos se curan muchas veces a pesar de los médicos”. O, parafraseando a Claude Bernard, via Gregorio Marañón: “No hay enfermedades, sino enfermos”.

 

El carismático humanista liberal que se dejaba fascinar por Franklin Delano Roosevelt se blindaba en aleación de acero. Al fin, Don Luis Yáñez-Barnuevo tenía el sello de un acero tan dulce como implacable. La fuerza del superviviente que vive para contarlo. La dulzura era suave implacabilidad y la implacabilidad era, a la vez… terrible ternura. La implacabilidad reconocía perfectamente a los ‘sapos’, sus miserias, crímenes y tumbas faraónicas. Cincelada entre dolores, caminatas, cacerías, marismas, fiebres y paludismos -las brutales enfermedades de un pueblo apaleado-… los pelotones de fusilamiento y las flores de los cementerios, la implacable ternura rearmaba al Doctor Yáñez-Barnuevo de la Milla con tanta electricidad como para espetar al coronel-jefe del campo de concentración de Los Merinales/Los Melonares: “Lo que hace falta es que estos hombres estén mejor alimentados y que descansen más; sólo con eso ya mejorarán sus condiciones sanitarias y morirán menos”. Hacía falta valor para soltar eso -en lo más profundo de la posguerra- a los ‘kapos’ que daban las órdenes y los latigazos precisos para rematar el ‘Canal de los Presos’ en el Bajo Guadalquivir…

 

Imágenes del álbum familiar de la familia Yañez-Barnuevo Garcia-Palacios

 

  “Lo que hace falta es que estos hombres estén mejor alimentados y que descansen más; sólo con eso ya mejorarán sus condiciones sanitarias y morirán menos”.

 

Cinco años después de que Doña Angelita se despidiera de este mundo, ella que ‘nunca cultivó el odio’, Don Luis se nos fue un día a reunirse con ella: y dejó tras sí una buena tropa de huérfanos, todos aquellos que una vez supimos resucitar ante una sola mirada suya, la fina, férrea, humanista y distinguida mirada del ‘asténico correoso’. Claro que al médico de El Saucejo y de Coria del Río se le podía haber relacionado con uno de esos caracteres de Budd Schulberg, que nos escribió de ‘desencantados’. Pero al fin, Don Luis Yáñez-Barnuevo, que supo detener la muerte en las atardecidas del Bajo Guadalquivir, de las marismas y del paludismo, fue también como uno de esos héroes de aquellos que conducían a Ernest Hemingway y Joris Ivens por el Madrid bombardeado del 36, entre cráteres y proyectiles sin explotar: “Un hombre que se mostraba firme cual una roca, puro igual que el bronce de una buena campana y constante y puntual como un reloj de estación de ferrocarril”. Un hombre con la fina e implacable dulzura del ganador, del verdadero ganador. Y todas las campanas doblan un poco por todos nosotros desde que -tras quebrar la Ley del Silencio- Don Luis Yáñez-Barnuevo de la Milla se nos marchó para siempre: junto a ‘su’ Ingrid Bergman, Doña Angelita.