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Medios de comunicación y democracia

La era de la sobreinformación y la desinformación.

 

«The show must go on.» El espectáculo debe continuar.

Pocas expresiones resumen mejor una de las grandes contradicciones de nuestro tiempo. Vivimos rodeados de información y, sin embargo, cada vez resulta más difícil orientarse en la realidad.

Nunca habíamos tenido acceso a tantos datos, a tantas opiniones y a tantas fuentes. Nunca habíamos contado con herramientas tan poderosas para contrastarlos. Y, sin embargo, rara vez había resultado tan sencillo refugiarse cómodamente en aquello que uno ya pensaba de antemano. La tecnología ha democratizado el acceso al conocimiento. También ha democratizado el acceso al disparate.

Vivimos en la primera época de la historia en la que un ciudadano puede consultar en pocos minutos las mayores bibliotecas del mundo y, acto seguido, decidir que la fuente más fiable es un vídeo de treinta segundos compartido miles de veces por desconocidos.

La sensación de confusión crece al mismo ritmo que la abundancia informativa. Lo importante compite en desventaja con lo urgente; la comprensión, con la velocidad.

La cuestión ya no es únicamente disponer de información. El viejo problema era la censura. El nuevo consiste en que la verdad debe competir cada día con millones de contenidos diseñados para resultar más entretenidos que ella. Reconducir este inmenso caudal hacia una ciudadanía mejor informada —y menos vulnerable a la manipulación— constituye una de las tareas democráticas más urgentes de nuestro tiempo.

 

2. Justicia, medios y una democracia pendiente

El Gobierno de Pedro Sánchez arrastra desde hace años dos cuestiones que le fueron señaladas reiteradamente desde la izquierda, especialmente por Podemos, quien fue probablemente quien más sufrió algunas de sus consecuencias. La primera afecta a la necesaria democratización y modernización de la justicia. La segunda, a la urgente necesidad de una amplia y gran ley de medios de comunicación capaz de garantizar el pluralismo informativo y limitar la concentración del poder mediático, algo que países como Francia vienen desarrollando desde hace décadas mediante marcos regulatorios específicos.

Es cierto que RTVE ha recuperado en gran medida una línea de servicio público y profesionalidad que se había deteriorado durante años. Sin embargo, la mejora de un espacio público, siendo importante, no resuelve por sí sola el problema de fondo: la enorme capacidad de determinados grupos mediáticos privados para condicionar la agenda y moldear el debate político según sus intereses.

La cuestión no es únicamente institucional. Se trata de quién posee la capacidad de construir relatos, definir marcos de interpretación y decidir qué merece existir en el debate público. En teoría, todos somos libres para formarnos una opinión. En la práctica, algunos cuentan con periódicos, televisiones, radios, plataformas digitales y sofisticados departamentos de comunicación dedicados a ayudarnos generosamente en tan compleja tarea.

Quizá el error fue pensar que las resistencias serían menores o que el tiempo terminaría por suavizar inercias profundamente arraigadas. Pero los poderes informativos rara vez se disuelven por inercia: tienden a reorganizarse con notable eficacia.

Hablar de medios de comunicación y de poder judicial es hablar de dos espacios donde aún persisten inercias, culturas políticas y mecanismos de funcionamiento que muchos consideran insuficientemente democratizados. Y quizá ahí resida una de las tensiones centrales de nuestra democracia contemporánea.

 

3. Dimensión internacional y conflicto político

En paralelo, Sánchez ha adquirido una relevancia internacional difícilmente discutible. En un contexto geopolítico marcado por el ascenso de proyectos nacionalistas autoritarios, el debilitamiento de los consensos multilaterales y la creciente tensión entre bloques globales, el presidente español ha intentado construir un perfil propio.

Su oposición al trumpismo, su defensa de una mayor autonomía estratégica europea, sus relaciones con China dentro de los marcos de la Unión Europea y su cercanía a diversos gobiernos progresistas latinoamericanos le han otorgado una visibilidad que trasciende las fronteras españolas.

Esa posición también tiene costes. Cuanto mayor es la proyección internacional de un dirigente, mayores son las resistencias que genera. Los adversarios externos encuentran con frecuencia aliados internos; las disputas globales se proyectan sobre la política nacional; y las campañas de desgaste prosperan en ecosistemas mediáticos altamente polarizados.

Resulta llamativo que quienes más denuncian la polarización acostumbren a hacerlo desde posiciones cuidadosamente diseñadas para alimentarla. La crispación se ha convertido en una industria extraordinariamente eficiente: produce beneficios políticos, rendimiento mediático y una constante sensación de urgencia histórica.

La cuestión de fondo es si las instituciones democráticas serán capaces de sostenerse en un entorno donde la política, la comunicación y el conflicto parecen haber quedado definitivamente entrelazados.

 

4. Información, espectáculo y concentración del poder informativo

La superstición ya no necesita presentarse como superstición. Ha aprendido a utilizar gráficos, porcentajes y mesas de debate.

El prejuicio puede vestirse de sentido común. La propaganda puede expresarse con apariencia de información. Y la mentira, repetida con suficiente insistencia, termina adquiriendo la serenidad de una verdad aceptada.

Quizá por eso una de las imágenes más características de nuestro tiempo sea la progresiva desaparición de las fronteras entre información, entretenimiento y espectáculo.

Hemos normalizado que especialistas en fenómenos paranormales, conspiraciones o provocaciones mediáticas sean convocados para interpretar la actualidad política. Quizá sea una forma de pluralismo. O quizá simplemente una cuestión de audiencia.

Hemos alcanzado una curiosa forma de igualdad intelectual: hoy un investigador que ha dedicado treinta años a un tema puede compartir mesa de debate con quien basa su autoridad en la capacidad de hablar más alto y durante más tiempo. No siempre resulta evidente quién dispone de menos tiempo para exponer sus argumentos.

No se trata de una anécdota. Es una realidad: la sustitución progresiva de la autoridad del conocimiento por la autoridad de la visibilidad.

Y la objetividad, por supuesto, sigue gozando de excelente salud. Todo el mundo asegura practicarla. El único problema es que nadie parece encontrarla en los demás.

Vivimos una crisis informativa, pero también una crisis de jerarquías intelectuales. El problema no es la ausencia de voces, sino la dificultad creciente para distinguir cuáles buscan comprender la realidad y cuáles buscan únicamente ocuparla.

 

5. Periodismo, democracia y arquitectura institucional

La degradación del periodismo no puede entenderse como un problema exclusivo de una profesión. Allí donde la investigación es sustituida por la polémica permanente, donde el análisis cede ante la simplificación y donde la audiencia se convierte en el criterio supremo de valoración, se empobrece también la calidad de la deliberación democrática. Una sociedad bien informada necesita periodistas capaces de investigar, contextualizar y explicar. Necesita medios independientes tanto de los gobiernos como de los grandes intereses económicos. Necesita pluralidad real, transparencia en la propiedad de los medios y mecanismos que eviten concentraciones excesivas de poder comunicativo.

Se nos asegura que la competencia garantiza la diversidad. Y es posible que así sea. Al menos hasta que la diversidad termina concentrada en unas pocas manos que explican, con admirable cinismo, por qué la concentración no constituye ningún problema. La información no es una mercancía cualquiera. Es el material con el que las sociedades construyen su comprensión del mundo y de sí mismas. Por eso una amplia y gran ley de medios no debería contemplarse como una anomalía, sino como una pieza más de la arquitectura democrática, tan necesaria como la independencia judicial o las garantías electorales.

Tal vez no exista motivo alguno para preocuparse. Después de todo, vivimos en la era de la libertad informativa absoluta. Cualquier ciudadano puede publicar una opinión en internet. Otra cuestión, apenas un detalle técnico, es quién dispone de los recursos necesarios para convertir esa opinión en una corriente de opinión.

La pregunta final es, en el fondo, una cuestión sobre el valor real de la democracia: si queremos ciudadanos capaces de comprender críticamente su mundo o audiencias sometidas al espectáculo, a la lógica comercial y a la ingeniería de la atención.

Nunca hubo tantas voces. Tampoco estuvo tan disputado el privilegio de ser escuchado. Esa es, probablemente, una de las paradojas centrales de nuestro tiempo.