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Moros en la costa

Una agresión miserable en la que incluso niños y bebés fueron deliberadamente conducidos al agua con enorme riesgo para sus vidas.

 

La última crisis marroquí, todavía no resuelta, ha levantado un enorme y atropellado debate nacional del que conviene clarificar algunos puntos. Lo más incuestionable es que la invasión del territorio español por Ceuta, fomentada por las autoridades marroquíes ―nada se mueve en su costa sin el control de Rabat―, fue un acto hostil. Una agresión miserable en la que incluso niños y bebés fueron deliberadamente conducidos al agua con enorme riesgo para sus vidas. Algo, por cierto, no excesivamente coherente con el título de Comendador de los creyentes, ostentado por Mohamed VI. Los civiles marroquíes, en suma, fueron utilizados como “proyectiles híbridos” con carga biológica (¡sin PCR!). 

 

Gracias a la eficaz colaboración FCSE-Ejército, operando “a piñón” (argot militar) y con especial respeto a los derechos humanos, se salvaron muchas vidas que habían sido lanzadas bien al mar por El Tarajal, o bien atravesando las vallas fronterizas (abiertas, de par en par, por los gendarmes del Sultán). Así se logró limitar a “solo” alrededor de 10.000 personas las que, por la fuerza de la masa, violaron las fronteras con España.  

 

El momento de la invasión  fue muy calculado: cuando el Gobierno español es percibido como débil, disperso y fisurado. Disculpar la agresión por la hospitalización en Logroño del líder saharaui Brahim Ghali no pasa de ser una artera coartada. Bien que se eche en falta la explicación del por qué precisamente en Logroño. A no ser por la existencia, no descartable, de ignotas  cualidades medicinales en el fabuloso vino de Rioja. 

 

Todo huele a ensayo de una operación híbrida contra la integridad del territorio nacional  con la finalidad de tantear la reacción española, frente a una potencial y posterior operación mayor, sobre cualquiera de los tres objetivos esenciales que alumbran la estrategia general marroquí a largo plazo: Ceuta, Melilla y Canarias. Estrategia frente a la que España muestra un permanente descuido. La reciente extensión unilateral por Marruecos de sus aguas territoriales, o las continuadas prospecciones petrolíferas y de telurio en aguas canarias, sin mayor rechazo del Gobierno español, son pruebas de ello. Incluso, en el “Análisis Anual de Seguridad Nacional 2020”, elaborado por el Departamento de Seguridad Nacional de la Presidencia del Gobierno, que ha visto la luz el mes pasado, poco o nada se menciona del riesgo que, para nuestra seguridad nacional, significa hoy Marruecos. 

 

Los recurrentes desencuentros y tensiones entre Marruecos y España son incontestables. Asimismo, resulta evidente que la política española de apaciguamiento, ayudas económicas, compra de voluntades y admisión de “chantajes” (término cabalmente empleado por la ministra de defensa Margarita Robles) no funciona con el vecino del Sur. Y difícilmente funcionará en el futuro, porque las reivindicaciones del Sultán sobre territorio español parecen irrenunciables y son incompatibles con nuestra soberanía e integridad territorial consagradas en la Constitución. La actitud chulesca de la embajadora de Marruecos en España, Karima Benyaich: “Hay actos con consecuencias, y se tienen que asumir”, antes de ser llamada a consultas a Rabat, confirman todo lo anterior. Bien que, en mi opinión, esa actitud bravucona inhabilite a la dama para ser embajadora en Madrid.    

 

Seamos claros. Marruecos es un vecino inevitable y, con él hay que entenderse. Pero es un “partner” que vocea ambiciones territoriales sobre espacios españoles. Un vecino que  dedica casi un 4% de su PIB a defensa (frente al 0,9% español), y que está embarcado en un acelerado programa de modernización armamentista. Algo que se ha visto potenciado con la firma en Rabat, el 2 de octubre pasado, de un Tratado de Defensa EEUU―Marruecos, que incide especialmente sobre armamentos, instrucción e inteligencia. 

 

En ese contexto, España no debe agredir, pero sí disuadir. Porque si bien la seguridad se alcanza, principalmente, por la acción política y diplomática, tal acción debe ser respaldada por un músculo militar suficiente. Es una cuestión de credibilidad. Lo sucedido en Ceuta debe servir, en primera instancia, para repensar la guarnición permanente tanto de Ceuta como de Melilla (extrapolable a Canarias). Ello pasaría por el incremento de las reducidas plantillas actuales tanto del Tercio de la Legión, como del Grupo de Regulares, así como el amejoramiento del equipo y vehículos de las respectivas guarniciones. Igualmente, toca revisar (incluyendo el alistamiento) el mecanismo de refuerzo desde la Península. 

 

En fin, nada especialmente novedoso que contar porque hace cinco siglos ―¡ay, aquel siglo de Oro!―, el Fénix de los ingenios, Lope de Vega, en su obra épico-burlesca “La Gatomaquia”, y como mejor manera de alertar del peligro berberisco contra nuestro territorio, ya entronizó el aviso: 

 

                                 Y armándose de ofensas y reparos                                                                                                                        

                                 Vino de Ronda al puesto por la posta 

                                  Por ver si había moros en la costa”.