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Se incrementa el riesgo de una brutal escalada en Oriente Medio

El fracaso de las negociaciones y el cierre del Estrecho de Ormuz agravan un conflicto que ya impacta de lleno en la economía mundial y la estabilidad global.

 

El pasado 10 de abril, cuando muchos vendían que EE. UU. e Irán iban a reunirse en Pakistán para negociar la paz, se adelantaba, en esta misma web, el post “LAS NEGOCIACIONES DE ISLAMABAD NO ECHARÁN EL TELÓN A LA GUERRA DE IRÁN”    Efectivamente, al día siguiente, los negociadores tardaron solo unas horas en dar carpetazo a la reunión. Se fueron por donde llegaron y la guerra prosiguió, si bien con una posterior declaración unilateral norteamericana de un alto el fuego supuestamente valedero hasta el próximo miércoles. Tal situación convulsionó las bolsas de todo el planeta que, como pollo sin cabeza, se lanzaron a una danza de dientes de sierra, que realmente poco habla de la estabilidad que todos proclaman rastrear. 

De entre los múltiples rasgos que definen el actual escenario de la guerra de Irán, cuatro parecen más capitales. El primero es que Irán, mostrando esa históricamente acreditada resiliencia persa desde Ciro el Grande, sigue reteniendo cierta capacidad de almacenar y tal vez producir uranio enriquecido para fines militares, a pesar del tremendo daño sufrido por los ataques norteamericanos e israelíes. El segundo es que el Estrecho de Ormuz continúa cerrado y, con ello, se prolonga indefinidamente un colosal daño a la economía mundial (petróleo, gas, fertilizantes, humanitario…). Daño que Washington necesitaría contrarrestar rápidamente para mantener cierta credibilidad.  

La tercera peculiaridad es que Israel -que exhibe intereses de seguridad muy particulares-, mantiene su pretensión de controlar el territorio libanés al sur del río Litani. Un rasgo difícil de limar y que gravita pesadamente sobre la paz mundial. Y el cuarto es que EE. UU., más allá de las cataratas declarativas de Trump, continúa acumulando fuerzas en el teatro. Y así, un tercer grupo de ataque, el del portaviones USS George Bush, por la vía del Cabo de Hornos, está acercándose a la zona de operaciones donde ya despliegan los grupos de ataque del portaviones USS Abraham Lincoln y el del USS Gerald Ford. A lo que hay que añadir la inminente arribada de la 11ª MEU (Unidad Expedicionaria de Marines) embarcada en el “USS Boxer” (LHD-4), el “USS Portland” (LPD-27) y el “USS Comstock” (LCD-45), que así duplica el poder de la 31ª MEU embarcada en el “USS Trípoli” (LHA-7), el “USS New Orleans” (LPD-18) y el “USS San Diego” (LPD-22), que está en zona desde hace tres semanas.  

Añadiéndose al elevado grado de alistamiento de tropas norteamericanas aerotransportadas asistimos, por tanto, a una gigantesca acumulación de poder aeronaval norteamericano sin precedentes desde la II Guera Mundial. Consecuentemente, el escenario apunta a que o bien Teherán se verá muy pronto forzado a aceptar un acuerdo de paz con las condiciones exigidas por EE. UU. (clausura de su programa nuclear y liberalización del tránsito del Estrecho de Ormuz) o, inmediatamente, se producirá una brutal escalada para imponerlas. Con el riesgo añadido de una bestial diseminación regional o incluso planetaria de las hostilidades.