Confidencial Andaluz

Alevines y efebocracia

La ausencia de Rajoy equilibró la media de edad en el debate.

Alevines y efebocracia
13:08 | 19 de diciembre, 2015

La fascinación y el anhelo por la juventud han llegado finalmente a la política

Caty León / Opinión.- Hemos decidido no crecer. Peter Pan es nuestro cuento favorito. Es el cuento que nos describe, que relata cómo somos. Agarrados como náufragos a la tabla de la infancia y de la adolescencia. Eternos jóvenes que no envejecen ni tienen historia ni experiencias. Reivindicando el cuerpo como pasaporte, deshaciendo el tejido de Penélope para volverlo a coser sin que el pasado estorbe.

Nuestra civilización ha sido siempre infantófila. Pero últimamente todo tiene que ser joven, no solamente nosotros mismos. La política ha de ser joven, mejor neófita. La educación tiene que cambiar de raíz, olvidar el legado de lo que sabemos y convertirse en una evocación adanista llena de motivaciones y carente de cargas. El amor ha de vivirse al modo adolescente: emoticonos, canciones, frases hechas y letreros con máximas paulocoelhistas.

Todo ha de ser de nuevo cuño, preferiblemente sin denominación de origen, mejor trendy, cool y lleno de novedades sin calificar. Hasta hace unos años distinguías perfectamente a un joven de un anciano por su forma de vestir y de andar. Eso ha desaparecido. Los gimnasios han hecho milagros en la apostura física de la gente mayor y las marcas de moda han decidido apostar por la franja que, en realidad, gasta más en sí misma, es decir, la de los senior.

Al tiempo que una alimentación sana para vivir cien años y no perder el vigor sexual, a la vez que un programa físico con personal training incluido, entronizado el ejercicio físico como un mantra eficaz, convertido el envejecimiento en una suerte de desatino evitable, la cuestión está en que todo eso va paralelo a la infantilización de las mentes. Y casi nadie está libre de ello.

Por primera vez en la historia de España la experiencia política no es un grado, ni un elemento sustancial, ni una ayuda, ni un plus, sino una rémora, una tara, un imponderable. Nadie quiere saber nada del pasado, ni quiere tomar las banderas de nuestros padres. Efebocracia por un tubo.

Podemos fijarnos, por ejemplo, en los hombres de cincuenta y sesenta años. Se pirran por hallar lolitas de treinta o, en su defecto, de cuarenta hialuronizadas. La fachada ha sustituido a la simpatía, la sensibilidad, el talento o la gracia. Fachada hasta donde se pueda. Rostros que llegan a parecer idénticos, cirujanos que hacen el agosto, gimnasios superpoblados, todo sea por parecer jóvenes. La juventud, divino tesoro, desde luego. O tesoro terrenal, que la divinidad nos cae muy lejos.

Esta corriente de abaratamiento de edades tenía que llegar a la política y ha llegado. Ahí están los partidos emergentes con sus candidatos de treintaytantos. Ahí están los partidos tradicionales intentando arrinconar a la vieja guardia, salvo el caso natural de quien tiene ahora mismo el poder, cuya silla no se puede mover sin que se cimbreen los edificios. En Andalucía esa corriente ya tuvo su manifestación en las elecciones autonómicas. Todos los candidatos eran de la generación EGB y todos hablaban de cambio generacional, por más que los “mayores”, los próceres, los gurús, estuvieran detrás, en las bambalinas, conduciendo el proceso de alguna manera. De alguna manera tendré que olvidarte, cantaba Aute, que está ahora mismo ya, con este criterio, tan pasado de moda como el Partenón. Entre paréntesis. Si esto es la generación EGB, me temo lo peor para la generación ESO.

Por primera vez en la historia de España la experiencia política no es un grado, ni un elemento sustancial, ni una ayuda, ni un plus, sino una rémora, una tara, un imponderable. Nadie quiere saber nada del pasado, ni quiere tomar las banderas de nuestros padres. Efebocracia por un tubo. Los jóvenes políticos dan bien, además, en la televisión, que es ahora mismo el sitio en el que ocurren los mayores milagros y se hacen las más fervientes promesas. Dado que hay que saltar a la comba, bailar bulerías, cocinar calamares en su tinta, coser con bastidor y vestirse de drag queen con tacones de aguja, cómo hacerlo cargado de años….o de kilos. Que esa es otra.

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