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Un desastre medioambiental

Lo del desarrollo sostenible pertenece al amplio mundo de las quimeras. Ante la duda, pregúntenle al Planeta.

Aún no me encuentro recuperado del impacto: parecía una escena apocalíptica. Al querido Guadiamar, lo vi a su paso por Gerena hace 20 años, irreconocible, cubierto por una extraña capa semejante al color del estaño. Todos intuíamos el desastre, aunque no imaginábamos su gravedad. Entonces recordé una charla con un amigo, ingeniero de la mina, al comentarme sobre el año 1996 las preocupaciones suscitadas por algunos al haber observado grietas en el rudimentario muro de tierra compactada.

Demasiado aguantó porque un par de años después quebró.  Claro, al contener largo tiempo aguas corrosivas al máximo, nada tenía de extraño filtraciones, causa muy posible de su destrucción, produciendo un impacto contaminante considerado cien veces superior al de las 63.000 toneladas de fuel vertidas por el Prestige, según un estudio del CSIC, por arrasar 4.386 hectáreas en 62 kilómetros de cauce del Guadiamar, principal afluente abastecedor de Doñana.

Si la citada emoción fue funesta, semejante la del largo periplo de ninguneos y humillaciones por la  actuación de la concesionaria, la sueca Boliden, aldesentenderse del asunto. En el año 2002 el gobierno le impuso 45 millones de euros y ella se hizo la sueca sin demasiado esfuerzo, o sea, se cachondeó por las entrepiernas, consciente de nuestras escasas influencias políticas. ¡A pesar del cacareo por pertenecer ambos países a la distinguida Europa!

A Cobre Las Cruces: «En un proyecto de semejante perfección supongo no habrá objeciones para supervisarlo una comisión de vecinos». Pues se rasgaron algunas vestiduras, la primera la del señor Alcalde…»

De nada sirven las advertencias de los ecologistas para evitar otra amenaza a un ecosistema declarado Reserva de la Biosfera y Patrimonio de la Humanidad porque, así como Boliden llegó a Aznalcóllar con un desastre medioambiental en su mochila, la actual concesionaria Minorbis-Grupo México tampoco puede presumir de rigurosidad. Al final, en esta vida enmarañada por leyes para todos los gustos y recursos, los tribunales han eximido a la empresa Boliden de pagar los 90 millones de euros, a pesar de los siete recursos de casación alegados por la Junta de Andalucía porque, según la sentencia, cuando se llegó al acuerdo del Consejo de Gobierno ‘no le correspondía: era la Administración la encargada de resolver la reclamación’. Total: a pagar siempre los mismos.

Las explotaciones mineras son contaminantes por definición, por muchas actuaciones previstas para reducir los impactos. Asistí a una charla de presentación de la mina Cobre Las Cruces en Gerena, una de las tres localidades donde se ubicaría. Presentaron un panorama tan idílico como irreal, cuestión expuesta públicamente por el abajo firmante. Dije: «En un proyecto de semejante perfección supongo no habrá objeciones para supervisarlo una comisión de vecinos». Pues se rasgaron algunas vestiduras, la primera la del señor Alcalde al garantizar al Ayuntamiento como primer garante y explicarle al delegado canadiense mi disparatada propuesta. Ahora no procede exponer ‘singularidades’ cosmopolíticas. Parte del numeroso auditorio me recriminó por no contemplar los puestos de trabajo generados, algo bien razonado en mi disertación. Con gusto hubiese fracasado como profeta porque las denuncias por contaminación se han sucedido con alguna multa por la Junta de Andalucía, temerosa de una opinión pública sensibilizada.

El enorme esfuerzo por paliar el desaguisado lo califican como ejemplo mundial de descontaminación minera, aunque siguen zonas contaminadas  con metales pesados. Al tiempo, la zona sigue con altos niveles de paro. Una cosa consiste en desear una naturaleza sana y otra aceptar a su lado industrias tan contaminantes como las mineras, o sea, lo del desarrollo sostenible pertenece al amplio mundo de las quimeras. Ante la duda, pregúntenle al Planeta.