Entra Carlos V ante el abandono de la Alameda de Hércules
No resulta coherente celebrar solemnemente su entrada mientras se descuida el espacio que la simboliza.
Terminaba el año pasado, en diciembre, escribiendo en mi blog sobre una incoherencia que me parecía difícil de justificar: invocar la memoria histórica de Carlos V con motivo de los quinientos años de su boda con Isabel de Portugal mientras la Alameda de Hércules —uno de los espacios más densos de significado de la ciudad— continuaba desatendida. Lo señalé entonces y lo reitero ahora, cuando Sevilla se adentra de lleno en la efeméride. Quizá convenga insistir, a la vista de lo que seguimos presenciando en el que fue el más antiguo jardín público del país y de Europa, modelo de referencia en otras alamedas españolas y americanas.
Si en diciembre el detonante de mi reflexión fueron unas instalaciones feriales, hoy lo es una plataforma elevadora de tijera encajada entre las columnas del lado sur de la Alameda. Unas columnas que, conviene recordarlo, proceden del templo romano de la calle Mármoles y que fueron trasladadas en el siglo XVI por el maestro fundidor Bartolomé Morel, el mismo que años antes había trabajado en el Giraldillo. Cambia el objeto; persiste, sin embargo, el problema.
Es cierto que la configuración monumental de la Alameda pertenece al programa urbano impulsado en tiempos de Felipe II. Las columnas se erigieron en 1574, cuando siendo asistente de Sevilla el Conde de Barajas aquel terreno insalubre se drenó con acequias para su transformación en paseo público. Esa es la fecha y conviene no perderla de vista.
En 1526, casi cincuenta años antes de la desecación de la Alameda y la erección de las columnas, la Sevilla que recibe a Carlos V ya es el gran puerto atlántico de la Monarquía, sede de la Casa de la Contratación y eje de un tráfico que enlaza Europa con las Indias. Es la ciudad donde el imperio se concreta en flotas, metales y rutas oceánicas; la ciudad donde toma forma la idea de una monarquía de alcance universal; la que rebasa los límites tradicionales del continente y sustituye ese antiguo lema restrictivo, el “Non Plus Ultra”, por uno afirmativo y decidido, el “Plus Ultra”.
Ese giro en la manera de entender el mundo es el que permite descifrar la iconografía de la Alameda de Hércules, el sentido profundo de sus columnas y de las esculturas que las coronan. Durante siglos, las columnas de Hércules habían marcado el límite del orbe conocido, el confín más allá del cual comenzaba lo incierto. Sin embargo, con la apertura atlántica dejan de señalar un final para convertirse en umbral: ya no advierten de un término, sino que anuncian una expansión.
Es en ese desplazamiento simbólico donde comienza a construirse un nuevo relato. Las columnas ya no significan lo mismo, y al cambiar su significado cambia también la historia que la ciudad cuenta sobre sí misma. Nos dicen, en definitiva, que Sevilla ha dejado de ser periferia para erigirse en centro de un espacio súbitamente ensanchado.
Cuando en 1574 se levantan en la Alameda aquellas columnas romanas coronadas por Hércules y Julio César, no se está simplemente embelleciendo un paseo. Se está fijando en piedra ese nuevo relato. Hércules, fundador mítico y antiguo guardián del límite, encarna ahora la superación de la frontera; Julio César aporta la legitimidad imperial romana. Mito y Roma se alinean en un mismo eje urbano para proclamar que Sevilla es heredera de un pasado clásico y protagonista de un presente imperial. La escenografía urbana no ilustra una historia previa: la formula, la ordena y la hace visible.
La intervención corresponde al reinado de Felipe II, pero el imaginario que queda monumentalizado se ha consolidado en la Sevilla de Carlos V. Es el hijo quien ordena el espacio urbano; el discurso que ese espacio expresa venía gestándose desde décadas antes, con el padre. Sin aquella Sevilla que se descubre centro del imperio atlántico, la iconografía de la Alameda pierde buena parte de su profundidad histórica. Por eso la relación entre la Alameda y Carlos V no es literal ni cronológica, sino simbólica: tiene que ver con la imagen que la ciudad empezó a forjar de sí misma y que terminó cristalizando en piedra.
Y precisamente por eso incomoda lo que vemos ahora. Una plataforma elevadora instalada entre las dos columnas, ocupando el eje simbólico como si fuera un simple hueco funcional, degrada un espacio cargado de significado hasta convertirlo en mero soporte logístico. Un entorno declarado no puede tratarse como el trastero provisional de una grúa. No es la imagen que corresponde al monumento ni el lugar adecuado, y tampoco es admisible que termine funcionando como asiento improvisado —la crítica no es hacia los jóvenes, que se sientan donde pueden, sino hacia quien permite que ese sea el soporte—. No es un asunto menor de estética: es una cuestión de respeto, de coherencia y, por supuesto, de seguridad para la propia integridad del monumento y de los ciudadanos.
No resulta coherente celebrar solemnemente la entrada de Carlos V mientras el escenario urbano que expresa ese imaginario se trata como fondo indiferente. No es coherente invocar la memoria del siglo XVI y banalizar sus símbolos en el presente. La Alameda no es un vacío disponible ni un espacio residual; es una declaración en piedra, un programa simbólico que habla de mito, de Roma, de imperio y de ciudad.
Nadie propone congelar la vida urbana ni expulsar el uso cotidiano. Los espacios han de ser vividos; más aún la Alameda, que siempre ha sido lugar de encuentro y conversación. Pero una cosa es la vitalidad y otra la desatención; una cosa es el uso y otra la banalización. Si la conmemoración quiere tener sentido real, debería comenzar por el respeto a los lugares que sostienen el relato que se celebra. La historia no vive solo en los desfiles ni en el vestuario, sino en el cuidado constante del espacio que la encarna.
Lo advertí en diciembre y lo repito ahora porque la contradicción sigue ahí, visible. La Alameda no es un decorado, y tratarla como tal revela algo inquietante sobre nuestra manera de entender la memoria.