Andalucía S.A.: cuando gobernar es gestionar un negocio
Se denuncia un modelo de gobierno que transforma lo público en lógica de mercado, vaciando progresivamente el Estado del bienestar sin ruptura visible.
A la derecha andaluza le convendría leer a Chesterton y no a su caricatura reaccionaria, cuando escribió que el coraje más extremo y galante consistía en «subir a la cima de una torre para declarar a la multitud reunida que dos y dos son cuatro». Pero quizás eso sería descubrir el arsenal de mentiras y engaños de su política en el gobierno andaluz.
Los gobiernos de la derecha postneoliberal trabajan en la despolitización del conflicto social, una vieja idea de las dictaduras. Buscan reconfigurar el desacuerdo en términos de eficiencia o ineficiencia, y no como una disputa sobre lo común. Hay una forma eficaz de transformar Andalucía sin decirlo nunca en voz alta: dejar de tratarla como un proyecto colectivo y empezar a gestionarla como una empresa. No es un giro ideológico explícito, es una práctica de gobierno. Y es la lógica que atraviesa la acción política del PP-VOX en los últimos años.
La Junta ya no gobierna tanto como institución pública, sino como administradora de un activo territorial. Sanidad, educación, vivienda, turismo: todo entra en la misma contabilidad. Lo que no resulta rentable se externaliza, se recorta o se deja deteriorar hasta que su privatización parezca la única salida razonable. No es un desmantelamiento frontal del Estado del bienestar. Es algo más eficaz: su vaciamiento progresivo hasta volverlo dependiente del mercado.
La sanidad es el ejemplo más claro. Mientras los discursos oficiales hablan de inversión récord, la experiencia real es otra: listas de espera interminables, urgencias colapsadas, derivaciones constantes a la privada. No hace falta privatizar un sistema si puedes degradarlo lo suficiente como para que la gente abandone la sanidad pública por agotamiento. El método es simple y eficaz: mantener el símbolo de lo público mientras se rompe su funcionamiento interno. Cuando el ciudadano busca salida, el mercado ya está instalado.
En educación el proceso es más silencioso, pero igual de profundo. La pública sigue existiendo, pero cada vez más debilitada frente al avance de lo concertado y lo privado. La igualdad de oportunidades se mantiene como discurso, mientras el sistema introduce desigualdad desde la base.Se invoca la “libertad de elección” como si todos partiesen del mismo punto. Pero la libertad sin igualdad no es libertad: es jerarquía.
El turismo es el motor central del modelo. Andalucía bate récords que se celebran como éxito incuestionable. Más visitantes, más ingresos, más crecimiento. Pero el reverso es evidente: ciudades convertidas en decorado, barrios expulsados, vivienda tensionada, economías locales subordinadas al visitante permanente. El territorio deja de ser espacio de vida para convertirse en producto.
La política fiscal completa el esquema. Las bajadas de impuestos reducen la capacidad de intervención pública y trasladan recursos del Estado al mercado. El Estado no desaparece: cambia de función. Deja de redistribuir para facilitar. Es el mismo patrón de siempre con un lenguaje actualizado: debilitar lo público hasta que lo privado no parezca una opción, sino una necesidad.
Todo ocurre sin ruptura visible, sin grandes anuncios, con la televenta y propagana de Moreno Bonilla y su estética de gestión tranquila y normalidad institucional. Mientras tanto, el aparato mediático de propaganda y subvencionado contribuye a esa sensación de calma, incluso cuando el deterioro es evidente. Canal Sur es el ejemplo más claro de ese modelo de deterioro: una televisión pública cada vez más domesticada al servicio de un poder y gobierno. Y así funciona el sistema implantado en Andalucia por el dúo de gobierno PP-VOX: no necesita imponerse, solo necesita volverse inevitable. Lo verdaderamente inquietante no es lo que se está haciendo, sino lo normal que lo percibe un sectos de los andaluces, no es solo una política concreta nefasta para el bien común, es algo más básico: si un territorio es un espacio de derechos o un espacio de rentabilidad. Un gobierno que habla el idioma de la empresa mejor que el de la ciudadanía.