Divulgar la historia no es rebajarla
El debate sevillano sobre la recreación de las bodas de Carlos V contrasta con una práctica cultural consolidada en toda Europa
Durante siglos, las ciudades europeas han encontrado diversas formas de narrar su historia en el espacio público. Desfiles, representaciones, recreaciones históricas o celebraciones cívicas han servido para evocar episodios del pasado y convertirlos en experiencias compartidas por la ciudadanía. Cuando la historia se hace visible en las calles deja de ser solo materia de especialistas para convertirse en patrimonio vivo de una comunidad.
En los últimos días se ha abierto en Sevilla un debate en torno al desfile —o, quizá con mayor precisión, pasacalles— celebrado el 28 de febrero con motivo de la conmemoración de las bodas del emperador Carlos V e Isabel de Portugal. Con independencia de las valoraciones que suscite la iniciativa, y pese a que el intercambio de opiniones ha adquirido tintes políticos poco deseables, el debate resulta saludable y, en cierto modo, habitual cuando se trata de actividades culturales —recreaciones históricas, espectáculos parateatrales o eventos destinados a acercar la historia al gran público— que reinterpretan episodios del pasado. Este tipo de propuestas suele generar discusión pública, a menudo centrada en el grado de fidelidad histórica o en su carácter más o menos comercial. Hasta ahí, nada fuera de lo normal.
El problema aparece cuando el debate deriva hacia planteamientos que, quizá sin pretenderlo, terminan transmitiendo una visión elitista de la cultura. Algunos comentarios publicados en tribuna de prensa se ha afirmado que determinadas formas de divulgación cultural, por su carácter popular o festivo, no serían espacios adecuados para la transmisión de conocimiento histórico riguroso. Se ha llegado a sugerir incluso que, si un sevillano quiere aprender sobre las bodas de Carlos V, lo que debería hacer es acudir a las jornadas de la Real Academia Sevillana de Buenas Letras o al congreso internacional organizado por el Ayuntamiento a través de la Universidad de Sevilla en el Real Alcázar. Ha sido el estupor que ayer me generó la lectura de estas afirmaciones lo que ha llevado a, otra vez, retomar la pluma sobre el tema, ahora desde parámetros aún más genéricos y reflexivos.
En algunos comentarios publicados en tribuna de prensa se ha afirmado que ciertas formas de divulgación cultural, por su carácter popular o festivo, no serían espacios adecuados para la transmisión de conocimiento histórico riguroso. Incluso se ha sugerido que, si un sevillano desea aprender sobre las bodas de Carlos V, debería acudir a las jornadas de la Real Academia Sevillana de Buenas Letras o al congreso internacional organizado por el Ayuntamiento a través de la Universidad de Sevilla en el Real Alcázar. El estupor que me produjo esta mañana la lectura de tales afirmaciones me ha llevado a retomar la pluma sobre este asunto, ahora desde una perspectiva más general y reflexiva.
Cuesta creer que ese sea realmente el planteamiento que defienden esas instituciones. No es así. De hecho, sería profundamente injusto atribuirles una visión tan restrictiva del acceso al conocimiento. La propia Universidad de Sevilla —como cualquier universidad que aspire a cumplir plenamente su función social— promueve desde hace años la divulgación cultural como parte esencial de su actividad; también, lógicamente, la Universidad Pablo de Olavide y las demás universidades locales. Conferencias abiertas, ciclos divulgativos, actividades públicas o colaboraciones con instituciones culturales responden a una tendencia cada vez más consolidada en el ámbito universitario internacional: la convicción de que el conocimiento no debe permanecer encerrado en espacios académicos, sino circular y llegar a la sociedad. Porque ese es uno de los principios fundamentales de la cultura contemporánea: ampliar el acceso al conocimiento, no restringirlo. El elitismo cultural no es un riesgo menor: constituye una forma de manipulación y control social que toda sociedad avanzada debería combatir.
Nada nuevo bajo el sol. Sevilla tampoco “descubrió América”
Esta reciente polémica merecería una reflexión más serena, aunque en realidad lo que se ha planteado en Sevilla no constituye ninguna novedad. La recreación histórica es una práctica cultural extendida en Europa desde hace décadas. Algunas iniciativas son más rigurosas que otras, algunas más divulgativas y otras más espectaculares, pero todas responden a una misma idea: acercar episodios del pasado al público mediante formas de representación comprensibles y participativas. Nada nuevo bajo el sol, como se nos dice en el Libro del Eclesiastés, recordándonos precisamente que muchas de las cosas que creemos descubrir existían ya antes pero bajo otras formas.
Conviene recordar, además, que tampoco en Sevilla se está descubriendo nada. La utilización de espectáculos históricos o parateatrales como forma de representación pública del pasado cuenta con una larga tradición en la ciudad. Basta evocar su presencia en la Exposición Iberoamericana de 1929, cuando desfiles, representaciones históricas y recreaciones ceremoniales formaban parte del programa cultural con el que Sevilla proyectó una imagen histórica y simbólica de sí misma. De ahí que en mi proyecto de Sevilla2029 se incluyeran espectáculos parateatrales —que ahora parecen quedar fuera de la nueva propuesta— fundamentados en estudios rigurosos sobre eventos que en su época ya se desarrollaron bajo criterios de fidelidad histórica y pedagogía social. En esa misma línea, en la primavera de 2024 comencé a trabajar con Gente de Ordenanza 1516 en la recreación de estas bodas desde parámetros de máximo rigor histórico, participación popular, promoción educativa e integración de las artes. Nuestros gestores culturales, por tanto, no han descubierto América.
Lo que hoy se debate no es la existencia de estos formatos —presentes desde hace décadas en el repertorio cultural europeo y sevillano—, sino cómo integrarlos con rigor dentro de una política cultural coherente.
Europa lo hace desde hace décadas
Basta con mirar a nuestro alrededor y pensar en la red europea de las Rutas de Carlos V, reconocida por el Consejo de Europa como itinerario cultural, que conecta ciudades relacionadas con la biografía del emperador y promueve recreaciones de distintos episodios de su vida.
Pongamos solo algunos ejemplos internacionales y todos ellos asociados a episodios históricos singulares de época de Carlos V. La batalla de Pavía de 1525, uno de los episodios decisivos del reinado de Carlos V, del que el pasado febrero se cumplieron 500 años, se recrea periódicamente en Italia mediante campamentos militares históricos, demostraciones de arcabucería y desfiles de tropas imperiales y francesas. En Alemania, la ciudad de Worms escenifica regularmente la Dieta de 1521 en la que Martín Lutero compareció ante el emperador mediante representaciones teatrales en espacios públicos que convierten el episodio histórico en una experiencia colectiva. En Bruselas, el gran desfile histórico del Ommegang recrea la presencia de Carlos V en los Países Bajos con miles de participantes vestidos como nobles, artesanos, gremios y soldados del siglo XVI, en una de las celebraciones históricas más emblemáticas de Europa. Y en Bolonia se evocan las ceremonias de la coronación imperial de 1530 mediante cortejos renacentistas y recreaciones del ceremonial papal.
Naturalmente, no todas estas recreaciones responden a los mismos planteamientos. Mientras unas conceden mayor peso a la dimensión festiva, turística o divulgativa, otras –mucho más excepcionales– persiguen una fidelidad histórica muy estricta en aspectos como el vestuario, el armamento o el ceremonial. Están impulsadas por asociaciones especializadas en historia militar y formadas por aficionados altamente cualificados que han convertido esta actividad en una auténtica vocación y cuidan con esmero hasta el más mínimo detalle. Sus integrantes se documentan en piezas originales, textos, tratados y representaciones de época, a partir de los cuales elaboran reproducciones y escenografías que aspiran a recrear con la mayor precisión posible los elementos materiales y simbólicos del pasado. Se trata, en suma, de un ámbito digno de atención y reconocimiento, no solo por el esfuerzo de documentación que exige, sino también por las importantes inversiones personales que con frecuencia sus participantes realizan para dotarse de indumentarias, equipamientos y diversos elementos de ambientación histórica destinados a lograr una recreación lo más verosímil posible. Junto a estas iniciativas, existen también recreaciones promovidas por ayuntamientos o instituciones culturales, generalmente concebidas con un enfoque más divulgativo y orientadas a un público amplio.
Entre estas entidades surgen a veces rivalidades e incluso discusiones, precisamente en torno al mayor o menor grado de rigor histórico aplicado. En muchos casos, este depende del conocimiento de base disponible y, en otros, de los presupuestos con los que se cuenta. Reutilizar, por ejemplo, un sayo imperial confeccionado para un desfile conmemorativo puede resultar tentador, aun cuando se sepa que el protagonista vistió otro distinto en la ocasión histórica que se pretende representar, pero una entidad más rigorista no estaría dispuesta a faltar a la Historia, actitud que no se les puede sino alabar cuanto más cuando suelen gestionar la búsqueda de recursos para ponerlas en beneficio del bien común.
Sin embargo, en todas estas agrupaciones subyace una convicción común: que el pasado también puede explicarse —y comprenderse— a través de su representación pública. La cuestión que se plantea entonces es otra: si existen los recursos —o al menos el tiempo para buscarlos—, ¿por qué no hacer las cosas bien, con el rigor suficiente? ¿Se trata de simple desconocimiento? ¿De limitaciones organizativas? ¿O, quizá, de una cierta primacía del interés económico o del espectáculo, que termina banalizando las oportunidades didácticas que estas recreaciones podrían ofrecer?
España también forma parte de esta historia
España participa igualmente de esta dinámica, con numerosos ejemplos de recreaciones históricas, especialmente medievales. Si nos centramos en las vinculadas a Carlos V, en Laredo se representa el último desembarco del emperador en 1556 mediante una recreación naval y mercado renacentista; en Extremadura, la Ruta del Emperador revive el viaje final del monarca desde Jarandilla de la Vera hasta el monasterio de Yuste con comitivas históricas y actividades divulgativas; y en ciudades como Medina del Campo o Tornavacas se recrea el paso de la corte imperial mediante desfiles, teatro histórico y campamentos de época.
En este contexto resulta llamativo que Sevilla —una de las ciudades más estrechamente vinculadas al reinado de Carlos V— haya permanecido durante años prácticamente ausente de esta red. Hasta fechas recientes, y tras los contactos iniciados en 2022 por Mercedes de Pablos, la ciudad ni siquiera formaba parte de las Rutas de Carlos V, pese a haber sido escenario de acontecimientos tan significativos como la boda del emperador con Isabel de Portugal en 1526.
Conviene recordar además un dato apenas presente en el debate público: la recreación de este episodio no es una idea improvisada. La propia red de Rutas de Carlos V ha impulsado proyectos similares en distintas ciudades, en los que ha colaborado la entidad especializada Gente de Ordenanza 1516, dedicada desde hace años a la recreación histórica del siglo XVI.
Fue esta misma entidad la que, en la primavera de 2024, presentó al Ayuntamiento de Sevilla —a través del ICAS— una propuesta de recreación histórica de la boda imperial. La iniciativa pretendía incorporar a Sevilla a una dinámica cultural consolidada en muchas ciudades europeas y superaba ampliamente los parámetros de rigor del Tercio de Olivares, agrupación local cuyo buen trabajo no se discute. Sin embargo, la propuesta quedó fuera del proceso sin que se hayan explicado con claridad los criterios de esa decisión. En una política cultural madura, la transparencia en los criterios y la coherencia estratégica deberían ser elementos irrenunciables, especialmente cuando se trata de proyectos vinculados al patrimonio histórico de la ciudad, porque una ciudad que aspira a tomarse en serio su historia debe empezar por tomarse en serio las decisiones culturales que la representan.
Divulgar también es una responsabilidad pública
Más allá de este episodio concreto, el debate plantea una cuestión más amplia: cuál debe ser el lugar de la divulgación en la política cultural. La respuesta puede encontrarse en las propias instituciones. La Real Academia Sevillana de Buenas Letras establecía entre sus fines “cultivar las buenas letras y contribuir a ilustrar la historia y la literatura”, donde el verbo ilustrar aludía precisamente a difundir el conocimiento histórico entre la sociedad. La misma idea aparece en los estatutos de la Real Academia de Bellas Artes de Santa Isabel de Hungría, que señalan como uno de sus fines el conocimiento, fomento y difusión de las Bellas Artes. Algo similar ocurre en el ámbito universitario: los estatutos de la Universidad de Sevilla incluyen entre sus misiones la difusión del conocimiento a la sociedad, lo que hoy se denomina la tercera misión de la universidad, junto a la docencia y la investigación.
La importancia de la divulgación aparece incluso recogida en la legislación patrimonial. La Ley de Patrimonio Histórico de Andalucía establece entre los objetivos de las administraciones públicas no solo la protección y conservación del patrimonio, sino también su investigación, difusión y puesta en valor.
Todo ello refleja un principio fundamental de la política cultural contemporánea: el patrimonio histórico no solo debe conservarse, sino también explicarse y transmitirse a la sociedad. Cuando las instituciones públicas actúan en el ámbito cultural no solo organizan actividades: también contribuyen a construir el relato público del pasado. Las recreaciones históricas no sustituyen al trabajo académico ni a las instituciones culturales, pero pueden convertirse en una puerta de entrada especialmente eficaz para despertar el interés por la historia y el patrimonio.
La historia no se rebaja cuando se explica
La divulgación no consiste en rebajar el conocimiento, sino en hacerlo accesible sin traicionarlo. Cambiar el lenguaje no significa alterar los hechos. El verdadero riesgo para una sociedad no es que la historia se divulgue demasiado, sino que el conocimiento quede encerrado en espacios cada vez más restringidos.
La cuestión puede resumirse en una imagen sencilla. Cuando enseñamos a un niño a leer sabemos que quizá no todos acabarán leyendo tratados complejos o monografías especializadas: las trayectorias vitales son diversas y las circunstancias también. Pero incluso si pensáramos que ese niño nunca leerá un libro, nadie propondría enseñarle que la A es una E o que la E es una I.
Con la divulgación histórica ocurre lo mismo. Cambiar el registro es necesario, adaptar el lenguaje imprescindible y utilizar formatos accesibles, deseable. Pero el conocimiento —como el alfabeto— no puede alterarse.
Nada de esto, en realidad, es nuevo bajo el sol. Lo que sí debería preocuparnos es el elitismo cultural, porque, como ya se ha señalado, no constituye un riesgo menor, sino una forma de manipulación y control social que toda sociedad verdaderamente avanzada debería reconocer y combatir, nunca promover desde los medios de comunicación. No en vano, como defendía Blas Infante, la cultura solo cumple su función cuando es patrimonio vivo del pueblo y no privilegio de minorías. Una reflexión que no está de más recordar, sobre todo cuando este evento se celebró precisamente el Día de Andalucía.
Sevilla, a 5 de marzo de 2026.