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Investir, no embestir: el dilema que el PSOE-A se niega a mirar de frente

¿Qué pasa si los 28 escaños socialistas son el único muro real entre Vox y el Consejo de Gobierno de la Junta?

 

Hay una pregunta que lleva semanas circulando por los pasillos del PSOE-A, aunque su dirección se haya dado prisa en enterrarla: ¿qué pasa si los 28 escaños socialistas son el único muro real entre Vox y el Consejo de Gobierno de la Junta? No es una ocurrencia de tertulia. La planteó El País en un editorial, la recogieron exdirigentes históricos en Sevilla, Granada y Málaga, y más recientemente la ha argumentado con detalle Alfonso Garrido Ávila, exdelegado del Gobierno en Andalucía, en un texto que merece ser leído antes de descartarlo. Que la dirección de María Jesús Montero necesitara horas para apagarlo dice algo: cuando una idea exige una desactivación tan urgente, suele tocar una fibra real.

 

La aritmética de la irrelevancia

Garrido Ávila lo plantea sin rodeos: la razón de existir de un partido es su capacidad de mejorar la vida de quienes lo votan, y esa capacidad depende de la presencia parlamentaria que sus resultados le otorgan. Con 28 escaños, el PSOE-A no tiene números para decidir nada por sí solo, ni siquiera sumando a sus socios «ideológicamente próximos». La pregunta que nadie en San Vicente quiere hacerse en voz alta es por qué se ha llegado a esa cifra. Y la respuesta, incómoda, es que una oposición que no pesa en el Parlamento corre el riesgo de no pesar tampoco en la percepción de sus votantes. Quedarse cruzados de brazos durante cuatro años, viendo cómo el Gobierno andaluz se construye sin que el PSOE intervenga ni un punto en los presupuestos, no es prudencia: es el camino más corto a la irrelevancia.

 

El espejo de la contradicción: ofrecer sin embestir

Durante la campaña, Moreno Bonilla marcó distancia con Vox como nadie en su partido había hecho en otros territorios: «o él, o el lío», repitió. La aritmética resultante lo ha dejado, sin embargo, justo ante esa disyuntiva que decía querer evitar. Aquí es donde el argumento gana fuerza: si el PSOE le ofreciera sus 28 votos para la investidura —solo para investir, no para gobernar con él—, Moreno quedaría atrapado entre la espada de tener que aceptar el chantaje de Vox y la pared de no deberle la presidencia a quienes dice no querer en su gobierno. Sería él, no el PSOE, quien tendría que explicar ante el espejo por qué elige el lío cuando se le ofrece la salida. Y el precedente no es menor: el propio Partido Popular Europeo, el que sostiene a Moreno como presidente del Comité Europeo de las Regiones, pacta con regularidad con el PSE en instituciones comunitarias —de hecho, se repartió esa misma presidencia con los socialistas europeos durante el mandato—. Si en Bruselas el cordón sanitario convive con la negociación práctica, ¿por qué en Sevilla habría de ser una herejía?

 

Do ut des: lo que el PSOE podría pedir a cambio

La propuesta no es generosidad gratuita ni medias presidencias. Es transacción, la misma que sostuvo la Transición y que hoy se evoca en los discursos solo para no aplicarla: do ut des, facio ut facias. A cambio de la investidura, el PSOE podría exigir enmiendas presupuestarias concretas, espacio real en leyes de educación, sanidad, dependencia o vivienda —los terrenos donde el PSOE dice tener su proyecto y donde más se nota la gestión del PP—. Ambos partidos saldrían de esto con algo que mostrar: Moreno, una presidencia no hipotecada a Abascal; el PSOE, una capacidad de incidencia que con 28 escaños en la oposición pura nunca tendrá. Y ambos podrían demostrar, de paso, que entenderse no es renunciar al proyecto propio, sino justo lo contrario de lo que hacen cuando pactan con quienes tienen más a sus extremos.

 

Cierre

Nada de esto ocurrirá, y todos lo sabemos. Génova, Ferraz y San Vicente prefieren el pacto con sus extremos respectivos al pacto entre ellos, aunque ese primer pacto sea, en realidad, el que de verdad desnaturaliza sus proyectos. Cuando llegue el momento de lamentar la leche derramada, la tierra ya la habrá absorbido. Y entonces, como siempre, faltarán pañuelos y sobrarán explicaciones.